24 ene. 2017

Giacomo Carissimi

Giacomo Carissimi
“Era alto, esbelto y proclive a la melancolía”.
Así nos describe el compositor y musicólo Giuseppe Ottavio Pitoni a Giacomo Carissimi. Nacido en Marino, cerca de Roma el 18 de abril de 1605, sabemos que su padre fabricaba toneles y que Giacomo, sexto de sus hijos, creció rodeado de colinas y de viñedos. Tuvo una infancia pobre y, no sin grandes sacrificios, pudo completar sus estudios musicales. De sus primeros años sabemos que cantó en el coro de la Catedral de Tivoli y que fue organista en la ciudad de Asís.
Hacia 1630 fue nombrado Maestro de Capilla en el Colegio Alemán de los Jesuitas en Roma. Allí se ordenaría sacerdote, simultaneando esta ocupación con la de Maestro de Capilla de la reina Cristina de Suecia que se encontraba, por aquel entonces, exiliada en la “Ciudad Eterna”. A pesar de recibir varias ofertas tentadoras de trabajo, algunas fuentes aseguran que se le ofreció la oportunidad de suceder a Claudio Monteverdi en la Catedral de San Marcos de Venecia, Carissimi prefirió permanecer en su pequeña parroquia romana hasta el fin de sus días, hecho que ocurrió el 12 de enero de 1674.
Quizá esta falta de ambición hizo que sus obras no fueran publicadas, quedando sólo sus manuscritos, la mayor parte de los cuales se perdieron en 1773 tras la disolución de la Compañía de Jesús. Los enemigos de la Compañía robaron y malvendieron las partituras que se encontraron. Al respecto relata el sacerdote Pietro Alfieri: Un canónigo ha comprado en una tienda de comestibles varias partituras de Carissimi que se usaban “para envolver mantequilla y boquerones”. Las obras que han sobrevivido, se debe a copias realizadas por sus alumnos, algunos tan célebres como Marc-Antoine Charpentier y Alessandro Scarlatti.


Diez Motetes
Consortium Carissimi.
Vittorio Zanon, director.

Carissimi colaboró durante toda su vida con la Congregación del Oratorio, movimiento religioso fundado en 1540 por San Felipe Neri que buscaba educar al pueblo llano mediante sencillas prácticas espirituales, como por ejemplo sermones en lengua vernácula y tono coloquial o dramatizaciones de pasajes bíblicos. Estas dramatizaciones, que tomaron el nombre del movimiento que las creó y fueron conocidas como oratorios, pronto empezaron a incluir música, siguiendo el esquema monteverdiano de recitativo y aria acompañada por un basso continuo propio de la recién inventada ópera. Carissimi inventaría la forma definitiva del oratorio y redacta el tratado “Ars cantandi”. Su sencillez melódica y armónica, con una magistral utilización del estilo monódico, fue toda una influencia en la música vocal del siglo XVIII y su huella la podemos encontrar en discípulos de la talla de Charpentier, Cesti, Scarlatti y Händel.
Quienes lo conocieron dicen que tenía un rostro enjuto y grandes ojos pensativos, con dos profundas arrugas que le surcaban las mejillas y llevaba un ligero bigote y una pequeña barba puntiaguda, a la moda de la época. Su inteligencia y su modestia iban acompañadas de una vida interior riquísima. Así era Giacomo Carissimi, el hombre que supo adaptar, perfectamente, la música a la palabra.