15 jun 2026

El Sonido de los Fiordos Noruegos

Si cierras los ojos y piensas en el amanecer en un fiordo noruego, con la niebla disipándose sobre las aguas heladas y el sol emergiendo entre las montañas, ya estás escuchando a Edvard Grieg. Nacido en Bergen el 15 de junio de 1843 y fallecido en la misma ciudad el 4 de septiembre de 1907, Grieg no fue un compositor de grandes sinfonías atronadoras ni de óperas escandalosas, sino el maestro de las distancias cortas, el hombre que logró encapsular el alma, los mitos y los paisajes de toda una nación en partituras de una belleza íntima y mágica.

"Danzas Noruegas, Op. 35"
Iceland Symphony Orchestra.
Petri Sakari, director.

A diferencia de otros genios que mostraron su talento desde la cuna, la infancia musical de Edvard fue un tanto accidentada. Su madre, una excelente pianista, intentó enseñarle el instrumento desde los seis años con una disciplina tan estricta que el pequeño llegó a aborrecer las lecciones. En el colegio tampoco le iba mejor; odiaba la rigidez de las aulas y llegó a descubrir un truco infalible: se ponía deliberadamente bajo la lluvia de camino a la escuela para que los profesores, compadecidos al verlo empapado, lo mandaran de vuelta a casa. Sin embargo, su destino cambió por completo a los quince años, cuando el legendario violinista noruego Ole Bull escuchó algunas de sus composiciones adolescentes. Bull se volvió hacia los padres del chico y les dijo con severidad: "Este muchacho debe ir a Leipzig inmediatamente para convertirse en músico". Y así, el joven Grieg fue enviado al prestigioso conservatorio alemán, donde se formó en la más pura tradición romántica, aunque siempre arrastró una salud frágil debido a una pleuresía que le costó la pérdida funcional de su pulmón izquierdo para el resto de su vida.

"Piezas Piano, Op. 1"
Eva Knardahl, piano.

El verdadero viaje de Grieg comenzó cuando regresó a Escandinavia y descubrió la riqueza de la música folclórica de su país. Decidió que no quería ser un compositor alemán más; quería que Noruega tuviera su propia voz. En este camino encontró a su musa definitiva: su prima hermana, la soprano Nina Hagerup. A pesar de la rotunda oposición de sus familias por el parentesco, se casaron en 1867. Nina no solo fue su esposa, sino la intérprete ideal de sus canciones; Grieg solía decir que nadie lograba entender y transmitir sus melodías como ella. La consagración internacional le llegó muy pronto, en 1868, con su célebre Concierto para piano en la menor, una obra rebosante de frescura y energía juvenil cuyo torrencial inicio es, todavía hoy, uno de los más famosos de la historia de la música, y que llegó a arrancar los elogios entusiastas del mismísimo Franz Liszt.

"Concierto para Piano en La menor, Op. 16"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.
New Philharmonia Orchestra.
Rafael Frühbeck de Burgos, director.

Pero la obra que lo inmortalizaría a nivel popular nació de una colaboración con el gran dramaturgo Henrik Ibsen. En 1874, Ibsen le pidió que compusiera la música incidental para su drama teatral Peer Gynt. Aunque Grieg aceptó el encargo por dinero, la tarea le resultó un dolor de cabeza, ya que consideraba que el protagonista era un personaje cínico y poco musical. 

"Peer Gynt_Suite nº.1, Op. 46"
Berliner Philharmoniker.
Herbert von Karajan, director.

Sin embargo, de ese esfuerzo nacieron en 1875 dos de las piezas más universales de la cultura occidental: la bellísima e hipnótica La mañana y la frenética En la gruta del rey de la montaña, donde el ritmo obsesivo de los violonchelos y los fagotes recrea la angustiosa huida del protagonista perseguido por una horda de troles y duendes traviesos. Más tarde, el propio compositor seleccionaría lo mejor de esta música para dar forma a sus famosas Suites n.º 1 y n.º 2.

"Peer Gynt_Suite nº. 2, Op. 55"
Philadelphia Orchestra.
Eugene Ormandy, director.

Detrás del genio aclamado en toda Europa, que apenas medía un metro y cincuenta y dos centímetros y caminaba ligeramente encorvado debido a su problema pulmonar, había un hombre de costumbres entrañables y firmes convicciones. Construyó su hogar, una hermosa villa llamada Troldhaugen (La colina de los troles), a las afueras de Bergen. Allí, para no ser molestado por las visitas, se mandó edificar una diminuta cabaña de madera frente al fiordo, equipada solo con un piano, una estufa y un diván. En la banqueta del piano colocaba un grueso libro de partituras de Beethoven para poder alcanzar las teclas con comodidad debido a su baja estatura. Además, Grieg tenía una superstición encantadora: siempre llevaba en el bolsillo de su abrigo un pequeño trol de goma y una rana de la suerte. Antes de salir al escenario a dirigir o tocar, les daba un cariñoso golpecito en la cabeza para ahuyentar el miedo escénico.

"Suite Holberg, Op. 40"
Berliner Philharmoniker.
Herbert von Karajan, director.

A pesar de su éxito internacional y de recibir honores en todas partes, Grieg prefirió la sencillez de su tierra y el cariño de sus paisanos. Su música madura siguió regalando joyas como la suite Holberg en 1884, un elegante homenaje al pasado con un toque moderno, o sus cuadernos de Piezas líricas para piano, que componía año tras año como si fueran un diario personal. 

"Piezas Líricas, Op. 57"
Sviatoslav Richter, piano.

El 4 de septiembre de 1907, su debilitado cuerpo dijo basta a los sesenta y cuatro años. Su muerte conmocionó a toda Noruega; entre treinta mil y cuarenta mil personas salieron a las calles de Bergen para despedir a su héroe nacional mientras sonaba una marcha fúnebre que él mismo había compuesto. Cumpliendo sus deseos, sus cenizas y las de su amada Nina fueron depositadas en una tumba excavada directamente en la roca de un acantilado de su querida Troldhaugen, mirando eternamente hacia las aguas del fiordo que tantas veces le inspiraron.

"Dos Melodías Elegíacas, Op 34_Última primavera"
The Trondheim Soloists.
Bjarne Fiskum, director.

12 jun 2026

El Asceta del Teclado

Hablar de Arturo Benedetti Michelangeli (Brescia, 1920 – Lugano, 1995) no es repasar la vida de un pianista convencional, sino adentrarse en el mito de un asceta del teclado, un hombre que buscaba una perfección casi inhumana en cada nota y que convirtió el silencio y la ausencia en parte de su leyenda.
Nació el 5 de enero de 1920 en Brescia, Italia. Aunque comenzó tocando el violín, pronto el piano se convirtió en su auténtico altar. Con apenas 19 años, en 1939, ganó el prestigioso Concurso Internacional de Ginebra. El mismísimo Alfred Cortot, miembro del jurado, exclamó al escucharle: "Ha nacido un nuevo Liszt". 

Franz Liszt "Totentanz S. 126"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.
Orquesta Sinfónica de la RAI.
Gianandrea Gavazzeni, director.

Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial interrumpió su incipiente carrera; Michelangeli se unió a la aviación italiana y, más tarde, a la resistencia antifascista, llegando a ser capturado por los alemanes y pasando varios meses en prisión antes de lograr escapar de aquel horror.
Al regresar a los escenarios, su técnica infalible y su obsesión enfermiza con la acústica y el estado del instrumento no tardaron en forjar su mito. No tocaba en cualquier piano, ni en cualquier sala. Viajaba siempre con sus propios pianos Steinway & Sons y con su afinador personal de confianza, Cesare Augusto Tallone. Si al llegar al teatro consideraba que la humedad ambiental, la temperatura o la acústica no eran absolutamente perfectas, o si el piano sufría la más mínima alteración por el viaje, cancelaba el concierto sin miramientos, importándole muy poco si el público ya estaba sentado en sus localidades. Estas espantadas calaron hondo en los promotores, pero aumentaron su aura de genio inaccesible.

Beethoven - Debussy - Ravel.

Vivía como un monje. Detestaba los aplausos exagerados, la adulación y el circo comercial que rodeaba a la música clásica. En sus conciertos, apenas gesticulaba; su rostro permanecía imperturbable, como una máscara de mármol, mientras sus dedos ejecutaban pasajes de una dificultad endiablada con una claridad cristalina, donde cada nota parecía tallada en diamante. Es precisamente esa búsqueda de la pureza la que quedó grabada en el celuloide en 1977, durante su legendario recital en El Vaticano ante el Papa Pablo VI, un registro que hoy es testimonio audiovisual imprescindible de su rigurosa y majestuosa presencia en directo.

Chopin - Debussy.

Ese inconformismo indomable hacía que Michelangeli detestara profundamente los estudios de grabación, pues sentía que las cintas "enlataban" y despojaban a la música de su alma viva. Por ello, su discografía oficial es relativamente exigua, pero cada uno de los registros que permitió que vieran la luz se convirtió de inmediato en una obra de arte incontestable, una auténtica referencia para la historia de la música.
Ocurrió así en 1957, cuando dejó grabado para el sello EMI el Concierto para piano en Sol mayor de Ravel y el Concierto para piano n.º 4 de Rachmaninov junto a la Philharmonia Orchestra dirigida por Ettore Gracis; un disco que la crítica internacional sigue considerando unánimemente una de las mejores grabaciones pianísticas de todos los tiempos por el asombroso control del color y las texturas que logra en la obra de Ravel. 

Maurice Ravel "Concierto para piano en sol mayor"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.
Philharmonia Orchestra.
Ettore Gracis, director.

Lo mismo sucedió con sus registros de Debussy (Préludes e Images) para Deutsche Grammophon, donde Michelangeli rediseñó por completo la forma de interpretar al compositor francés, alejándose del misticismo borroso de otros pianistas para ofrecer una lectura de una precisión quirúrgica, donde el impresionismo se vuelve nítido, poético y de una belleza tímbrica sobrecogedora. O en sus aproximaciones a Chopin —como sus célebres Mazurkas o la Balada n.º 1—, donde huía de cualquier sentimentalismo barato para desplegar un fraseo aristocrático, riguroso y de una arquitectura perfecta.

Claude Debussy "Images 1ª serie"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.

A pesar de su aislamiento y de su carácter huraño para con la industria, su magisterio se transmitió de forma directa a las siguientes generaciones. En sus famosas clases magistrales en Arezzo o Turín, el maestro volcó su sabiduría sobre jóvenes promesas que más tarde se convertirían en gigantes del piano, como Martha Argerich y Maurizio Pollini, quienes siempre recordarían el rigor casi místico, rayano en lo sagrado, que Michelangeli exigía ante cada compás de la partitura.

Claude Debussy "Images 2ª serie"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.

Hacia el final de su vida, su salud comenzó a resquebrajarse y a volverse tan frágil como la madera de sus pianos. En 1988, sufrió un grave aneurisma aórtico en pleno concierto mientras tocaba en Burdeos; sin embargo, haciendo gala de una asombrosa fuerza de voluntad, logró recuperarse y seguir ofreciendo recitales unos años más, buscando siempre ese sonido ideal que habitaba en su mente.
Pero el destino terminó por reclamar el silencio. Tras retirarse a su refugio en Suiza, su llama se apagó definitivamente el 12 de junio de 1995 en Lugano. Con su fallecimiento, el mundo de la música no solo perdió a un virtuoso inigualable, sino al último gran eremita del piano; un hombre que prefirió romper los contratos y dar la espalda a la fama antes que traicionar la pureza absoluta de la música.

11 jun 2026

Richard Strauss

Imaginad a un hombre con la precisión de un banquero suizo, la sangre fría de un gran jugador de ajedrez y la mente musical de un revolucionario. Ese era Richard Strauss, un artista que nació en Múnich el 11 de junio de 1864 y falleció en Garmisch-Partenkirchen el 8 de septiembre de 1949, dejando tras de sí una estela que redefinió para siempre lo que una orquesta era capaz de hacer. A diferencia del cliché del creador atormentado, hambriento y caótico, Strauss fue un hombre metódico y cerebral. Su padre, Franz, era el principal cornista de la corte de Múnich y un conservador radical que odiaba la música de Wagner con pasión. Paradójicamente, aunque educó al pequeño Richard en el clasicismo más estricto, el joven Strauss terminó convirtiéndose en el heredero espiritual del wagnerianismo, llevando la potencia y el color orquestal a límites nunca antes vistos.

"Don Juan, Op. 20"
Vienna Philharmonic Orchestra.
Clemens Heinrich Krauss, director.

Pronto descubrió que la música clásica no tenía por qué ser abstracta, sino que podía contar historias explícitas, convirtiéndose en el maestro indiscutible del "poema sinfónico". El estallido de su genialidad llegó en 1888 con el estreno de Don Juan. 

"Así habló Zaratustra, op. 30"
The Vienna Philharmonic Orchestra.
Richard Strauss, director.

Apenas un año después, en 1889, nos llevó al umbral del más allá con la sobrecogedora Muerte y transfiguración, y en 1896 creó un inicio tan colosal e imponente en Así habló Zarathustra que, décadas más tarde, Stanley Kubrick lo inmortalizaría en el cine para musicalizar el amanecer de la humanidad en 2001: Odisea del espacio. Su catálogo seguía creciendo con obras de un ego genial como Una vida de héroe en 1898, un ejercicio de autorretrato musical donde el violín solista escenificaba nada menos que los cambios de humor de su propia esposa, la soprano Pauline de Ahna.

"Una vida de héroe, Op 40"
Barry Griffith, violín.
BBC Northern Symphony Orchestra.
Kurt Sanderling, director.

Pauline fue, de hecho, el verdadero "general" en la vida del compositor. Tenía un carácter volcánico, era mandona, excéntrica y lo regañaba en público, pero Strauss la adoraba y aseguraba que su temperamento le daba la energía que a él le faltaba. Detrás de esa música capaz de levantar al público de sus asientos, se escondía un hombre con los pies muy en la tierra que compaginaba su arte con una estricta rutina y una devoción absoluta por el Skat, un juego de cartas alemán en el que pasaba horas apostando pequeñas sumas. Como director de orquesta era igualmente peculiar: odiaba los aspavientos, dirigía casi sin mover el cuerpo y solía aconsejar a sus alumnos que nunca miraran a los músicos de metal, pues "solo les animará a tocar más fuerte". Se rumoreaba, incluso, que a veces aceleraba los tempos al final de los conciertos simplemente porque tenía una partida de cartas pendiente.

"Salomé_Escena Final"
Leonie Rysanek.
Rudolf Kempe, director.

El éxito sinfónico no le bastó, y Strauss decidió asaltar los teatros de ópera sembrando el escándalo. En 1905 estrenó Salomé, basada en la polémica obra de Oscar Wilde, desafiando la moral de la época con la sensualidad de la "Danza de los siete velos" y una partitura disonante que electrizó a Europa. Cuatro años después, en 1909, unió fuerzas con el libretista Hugo von Hofmannsthal para crear Elektra, una obra de una violencia psicológica y una vanguardia brutales. Sin embargo, demostrando su camaleónica genialidad, la pareja dio un giro de ciento ochenta grados en 1911 para regalar al mundo El caballero de la rosa, una ópera bellísima y aristocrática empapada de valses nostálgicos por un pasado que se desvanecía.

"El caballero de la rosa, Op. 59"
Vienna State Opera Chorus and Orchestra.
Carlos Kleiber, director.

Los años dorados dieron paso a la madurez y a la etapa más oscura de su vida, marcada por las turbulencias políticas de la Alemania nazi. Strauss, ya anciano, intentó proteger a su nuera, que era de origen judío, y a sus nietos; para ello, aceptó inicialmente cooperar con el régimen como presidente de la Cámara de Música del Reich, un puesto del que acabó siendo destituido por la Gestapo al interceptarse una carta donde se mostraba crítico con el sistema. Tras la Segunda Guerra Mundial, cansado y contemplando un mundo en ruinas, plasmó su dolor en 1945 con Metamorfosis, un lamento fúnebre para veintitrés instrumentos de cuerda por la destrucción de los teatros de su patria.

"Metamorfosis"
Philharmonia Orchestra.
Otto Klemperer, director.

Antes del silencio definitivo, Strauss se despidió del mundo en 1948 con sus extraordinarias Cuatro últimas canciones para soprano y orquesta, un testamento musical crepuscular de una belleza serena y sobrecogedora. 

"Las Cuatro últimas canciones"
Elisabeth Schwarzkopf, soprano.
Berlin Radio Symphony Orchestra.
George Szell, director.

Pocas semanas antes de morir a los ochenta y cinco años, habiendo domado todas las tempestades del sonido, el viejo compositor le confesó a su nuera con una sonrisa: "Es curioso, Alice, morir es exactamente como lo compuse en Muerte y transfiguración".

"Muerte y Transfiguración, Op. 24"
Staatskapelle Dresden.
Rudolf Kempe, director.