Si cierras los ojos y piensas en el amanecer en un fiordo noruego, con la niebla disipándose sobre las aguas heladas y el sol emergiendo entre las montañas, ya estás escuchando a Edvard Grieg. Nacido en Bergen el 15 de junio de 1843 y fallecido en la misma ciudad el 4 de septiembre de 1907, Grieg no fue un compositor de grandes sinfonías atronadoras ni de óperas escandalosas, sino el maestro de las distancias cortas, el hombre que logró encapsular el alma, los mitos y los paisajes de toda una nación en partituras de una belleza íntima y mágica.
"Danzas Noruegas, Op. 35"
Iceland Symphony Orchestra.
Petri Sakari, director.
A diferencia de otros genios que mostraron su talento desde la cuna, la infancia musical de Edvard fue un tanto accidentada. Su madre, una excelente pianista, intentó enseñarle el instrumento desde los seis años con una disciplina tan estricta que el pequeño llegó a aborrecer las lecciones. En el colegio tampoco le iba mejor; odiaba la rigidez de las aulas y llegó a descubrir un truco infalible: se ponía deliberadamente bajo la lluvia de camino a la escuela para que los profesores, compadecidos al verlo empapado, lo mandaran de vuelta a casa. Sin embargo, su destino cambió por completo a los quince años, cuando el legendario violinista noruego Ole Bull escuchó algunas de sus composiciones adolescentes. Bull se volvió hacia los padres del chico y les dijo con severidad: "Este muchacho debe ir a Leipzig inmediatamente para convertirse en músico". Y así, el joven Grieg fue enviado al prestigioso conservatorio alemán, donde se formó en la más pura tradición romántica, aunque siempre arrastró una salud frágil debido a una pleuresía que le costó la pérdida funcional de su pulmón izquierdo para el resto de su vida.
"Piezas Piano, Op. 1"
Eva Knardahl, piano.
El verdadero viaje de Grieg comenzó cuando regresó a Escandinavia y descubrió la riqueza de la música folclórica de su país. Decidió que no quería ser un compositor alemán más; quería que Noruega tuviera su propia voz. En este camino encontró a su musa definitiva: su prima hermana, la soprano Nina Hagerup. A pesar de la rotunda oposición de sus familias por el parentesco, se casaron en 1867. Nina no solo fue su esposa, sino la intérprete ideal de sus canciones; Grieg solía decir que nadie lograba entender y transmitir sus melodías como ella. La consagración internacional le llegó muy pronto, en 1868, con su célebre Concierto para piano en la menor, una obra rebosante de frescura y energía juvenil cuyo torrencial inicio es, todavía hoy, uno de los más famosos de la historia de la música, y que llegó a arrancar los elogios entusiastas del mismísimo Franz Liszt.
"Concierto para Piano en La menor, Op. 16"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.
New Philharmonia Orchestra.
Rafael Frühbeck de Burgos, director.
Pero la obra que lo inmortalizaría a nivel popular nació de una colaboración con el gran dramaturgo Henrik Ibsen. En 1874, Ibsen le pidió que compusiera la música incidental para su drama teatral Peer Gynt. Aunque Grieg aceptó el encargo por dinero, la tarea le resultó un dolor de cabeza, ya que consideraba que el protagonista era un personaje cínico y poco musical.
"Peer Gynt_Suite nº.1, Op. 46"
Berliner Philharmoniker.
Herbert von Karajan, director.
Sin embargo, de ese esfuerzo nacieron en 1875 dos de las piezas más universales de la cultura occidental: la bellísima e hipnótica La mañana y la frenética En la gruta del rey de la montaña, donde el ritmo obsesivo de los violonchelos y los fagotes recrea la angustiosa huida del protagonista perseguido por una horda de troles y duendes traviesos. Más tarde, el propio compositor seleccionaría lo mejor de esta música para dar forma a sus famosas Suites n.º 1 y n.º 2.
"Peer Gynt_Suite nº. 2, Op. 55"
Philadelphia Orchestra.
Eugene Ormandy, director.
Detrás del genio aclamado en toda Europa, que apenas medía un metro y cincuenta y dos centímetros y caminaba ligeramente encorvado debido a su problema pulmonar, había un hombre de costumbres entrañables y firmes convicciones. Construyó su hogar, una hermosa villa llamada Troldhaugen (La colina de los troles), a las afueras de Bergen. Allí, para no ser molestado por las visitas, se mandó edificar una diminuta cabaña de madera frente al fiordo, equipada solo con un piano, una estufa y un diván. En la banqueta del piano colocaba un grueso libro de partituras de Beethoven para poder alcanzar las teclas con comodidad debido a su baja estatura. Además, Grieg tenía una superstición encantadora: siempre llevaba en el bolsillo de su abrigo un pequeño trol de goma y una rana de la suerte. Antes de salir al escenario a dirigir o tocar, les daba un cariñoso golpecito en la cabeza para ahuyentar el miedo escénico.
"Suite Holberg, Op. 40"
Berliner Philharmoniker.
Herbert von Karajan, director.
A pesar de su éxito internacional y de recibir honores en todas partes, Grieg prefirió la sencillez de su tierra y el cariño de sus paisanos. Su música madura siguió regalando joyas como la suite Holberg en 1884, un elegante homenaje al pasado con un toque moderno, o sus cuadernos de Piezas líricas para piano, que componía año tras año como si fueran un diario personal.
"Piezas Líricas, Op. 57"
Sviatoslav Richter, piano.
El 4 de septiembre de 1907, su debilitado cuerpo dijo basta a los sesenta y cuatro años. Su muerte conmocionó a toda Noruega; entre treinta mil y cuarenta mil personas salieron a las calles de Bergen para despedir a su héroe nacional mientras sonaba una marcha fúnebre que él mismo había compuesto. Cumpliendo sus deseos, sus cenizas y las de su amada Nina fueron depositadas en una tumba excavada directamente en la roca de un acantilado de su querida Troldhaugen, mirando eternamente hacia las aguas del fiordo que tantas veces le inspiraron.
"Dos Melodías Elegíacas, Op 34_Última primavera"
The Trondheim Soloists.
Bjarne Fiskum, director.