29 jul 2026

La Fantasía de Schumann


Düsseldorf, 27 de octubre de 1853. La bruma del Rin se cuela por las calles como un suspiro. Es una noche fría, pero en el salón de conciertos se está apacible; iluminado por lámparas de gas, hay cierta expectación de un público que comienza a conocer el nombre de Robert Schumann no solo como pianista y crítico, sino como compositor de obras profundas y visionarias.
En el escenario, el joven Joseph Joachim, de apenas 22 años, afina su violín con una concentración casi religiosa. Schumann lo observa desde el podio, con el rostro pálido, los ojos hundidos, pero brillantes.
“Es una fantasía,” había dicho días antes a Clara, su esposa. “Pero también es una carta. Una carta que no sé si alguien leerá.”
La orquesta está preparada. El público guarda silencio. Y entonces, suena la música.
La Fantasía no tiene la estructura de un concierto tradicional. No hay fanfarria ni exhibición. El violín entra como si ya estuviera hablando desde antes, con una voz íntima, casi tímida. Joachim lo entendía. No tocaba para impresionar, sino para revelar.
La orquesta responde con delicadeza, como si caminara de puntillas detrás del solista. Schumann dirige con gestos mínimos, como si temiera romper el hechizo. Cada frase parece surgir de un recuerdo, de una emoción contenida.
En el público, algunos se preguntan por qué la obra no tiene más brillo. Pero otros, los más sensibles, sienten que están presenciando algo único.
Cuando la última nota se desvanece, se produce un silencio largo. No por indiferencia, sino por respeto. Luego, llegan los aplausos, discretos pero sinceros. Joachim saluda con humildad. Schumann baja del podio sin buscar reconocimiento.
Esa noche, escribiría en su diario:
“Joachim ha dado vida a mi Fantasía. Que la música hable cuando las palabras ya no puedan.”
1853 fue un año crucial para Schumann. Aunque su salud mental comenzaba a deteriorarse, vivía un periodo de intensa creatividad. Ese mismo año compuso también el Concierto para violonchelo y el Concierto para violín en re menor (WoO 23).
Este periodo también marca el inicio de la amistad entre Schumann, Joachim y Johannes Brahms, quien visitó a los Schumann en Düsseldorf ese otoño. Fue una época de efervescencia musical, pero también de sombras: pocos meses después, en 1854, Schumann intentaría suicidarse y sería internado en un sanatorio.

"Fantasía en Do mayor para Violín y Orquesta, Op. 131"
Ruggiero Ricci, violin.
New Philharmonia Orchestra.
Kurt Masur, director.

22 jun 2026

De los cafés de París a las calles de Río

Si el mundo de la música clásica de principios del siglo XX fuera un lienzo en blanco, Darius Milhaud se habría encargado de salpicarlo con todos los colores posibles a la vez. Mientras otros compositores se refugiaban en la melancolía o en la rigidez académica, Milhaud compuso con una alegría de vivir contagiosa, una curiosidad inagotable y una velocidad asombrosa. Fue un viajero incansable que unió el folclore de Brasil, el jazz de Harlem y las tradiciones de su Provenza natal en una de las obras más vastas y fascinantes de la historia de la música.
Darius Milhaud nació en Marsella el 4 de septiembre de 1892 en el seno de una próspera familia judía de origen provenzal. Tras formarse en el Conservatorio de París, su vida dio un vuelco fundamental cuando se unió al grupo conocido como Les Six (Los Seis), un colectivo de jóvenes creadores apadrinados por el polifacético Jean Cocteau.
Su manifiesto era claro: había que acabar con el impresionismo etéreo de Debussy y la densidad germánica de Wagner. Querían una música directa, cotidiana, que oliera a circo, a music-hall y a las calles de París. Y Milhaud se convirtió en uno de sus motores principales.
En 1917, en plena Primera Guerra Mundial, el diplomático y poeta Paul Claudel lo nombró su secretario y se lo llevó a Río de Janeiro. Ese viaje cambió la música de Milhaud para siempre. El compositor se quedó fascinado por el ritmo sincopado del tango brasileño y la música popular de las calles cariocas.
Al regresar a Europa, transformó esos recuerdos en una de sus obras más divertidas y características: Le Bœuf sur le toit (El buey sobre el tejado, 1820), un ballet delirante que es una auténtica fiesta de ritmos sudamericanos.

"El buey en el tejado, op. 58"
Orchestre National de France.
Leonard Bernstein, director.

Poco después, tras un viaje a Estados Unidos donde descubrió el jazz auténtico en los clubes de Harlem, compuso otra de sus obras maestras absolutas: el ballet La Création du monde (La creación del mundo, 1923), donde fusionó por primera vez la instrumentación del jazz con la música de concierto clásica.
Técnicamente, Milhaud pasó a la historia por dominar la politonalidad (hacer sonar varias tonalidades o claves musicales diferentes al mismo tiempo). Lejos de sonar caótico, él lograba que sonara natural, fresco y sorprendentemente armonioso.

"La Creación del Mundo, Op. 81"
Orchestre National de France.
Leonard Bernstein, director.

Milhaud era un creador de una fertilidad legendaria; compuso más de 400 obras a lo largo de su vida. Escribía en cualquier parte: trenes, barcos, hoteles. Se cuenta una anécdota divertidísima que refleja su obsesión por no perder el tiempo. En una ocasión, mientras viajaba en tren por Estados Unidos, un pasajero lo reconoció y se quedó asombrado al ver la velocidad con la que Milhaud llenaba pentagramas sobre sus rodillas. El hombre, fascinado por el ritmo mecánico de sus manos, se le acercó y le dijo:
— Perdone, señor Milhaud... usted no compone música, ¡usted la fabrica en una cadena de montaje como los coches de Henry Ford!
A lo que Milhaud, lejos de ofenderse, respondió con una sonrisa provenzal:
— ¡Exacto! Y afortunadamente, mis modelos cambian todos los años.
Incluso en sus últimos años, cuando una grave artritis reumatoide lo confinó a una silla de ruedas, jamás dejó de componer ni un solo día, dictando las notas o adaptando su mesa de trabajo. Decía con humor:
"Mi cuerpo está encadenado a una silla, pero mi mente sigue viajando a Río de Janeiro cada vez que cojo un lápiz."

"La cheminée du roi René," Op. 205"
Ensemble: Les Vents Français.

La Segunda Guerra Mundial obligó a Milhaud y a su familia a huir de la ocupación nazi en Francia debido a sus orígenes judíos. Se trasladaron a Estados Unidos, donde encontró un hogar en el Mills College de Oakland, California. Allí se convirtió en un profesor legendario, influyendo a generaciones enteras de músicos que iban desde la música clásica hasta el jazz experimental, incluyendo al célebre pianista Dave Brubeck (quien siempre reconoció que su famoso uso de ritmos complejos nació de las clases con el maestro francés).
Tras la guerra, Milhaud alternó su vida entre América y su amada Francia. Finalmente, este viajero incansable de la música falleció en Ginebra, Suiza, el 22 de junio de 1974 a los 81 años. Dejó tras de sí un catálogo descomunal y el recuerdo de un hombre que, por encima de todo, creía que la música debía ser una celebración de la vida.

19 jun 2026

El eco melancólico de la Toscana

Italia. Finales del siglo XIX. La ópera está dominada por el gigantesco Giuseppe Verdi y, al mismo tiempo, una nueva corriente cruda y pasional llamada verismo (con Puccini, Mascagni y Leoncavallo) empieza a empujar con fuerza. En medio de este choque de trenes musicales se encuentra Alfredo Catalani, un compositor con una sensibilidad única, atrapado entre la tradición de su país y su fascinación por el misticismo alemán de Richard Wagner. Su vida fue breve, intensa y marcada por una melancolía que se trasladó directamente a sus partituras.

"Misa en Mi menor"
Capella Santa Cecilia della Cattedrale di Lucca.
Orchestra lirico sinfonica del Teatro del Giglio di Lucca.
Gianfranco Cosmi, director.
 
Alfredo Catalani nació el 19 de junio de 1854 en Lucca, una ciudad de la Toscana con una inmensa tradición musical (curiosamente, la misma ciudad natal de Giacomo Puccini). De familia de músicos, Catalani demostró un talento precoz. Tras iniciar sus estudios en su ciudad natal, se mudó a París y luego al Conservatorio de Milán. A diferencia de sus contemporáneos italianos, que buscaban el drama popular y directo en las calles, Catalani se sentía irremediablemente atraído por las leyendas nórdicas, las brumas del río Rin y los mundos fantásticos. Esto se notó enseguida en sus primeras obras importantes, como Elda (1880) y, muy especialmente, Loreley (1890), una ópera envuelta en romanticismo fantástico que narra la historia de la mítica ondina del Rin. 

Loreley_Danza Delle Ondine.
London Symphony Orchestra.
Richard Bonynge, director.

El punto culminante de su carrera llegó en 1892 con el estreno de su obra maestra absoluta: La Wally. Ambientada en los Alpes tiroleses, la ópera cuenta la historia de una mujer fuerte e independiente que prefiere enfrentarse a la nieve antes que casarse por obligación. Es en esta obra donde brilla su página más inmortal, el aria "Ebben? Ne andrò lontana" (¿Y bien? Me iré lejos), una pieza de una belleza desgarradora que seguro has escuchado alguna vez (y que el cine popularizó magistralmente en la película de culto Diva de 1981). 

"La Wally_¿Y bien?... Me iré lejos"
Maria Callas, soprano.
Philharmonia Orchestra.
Tullio Serafin, director.

Sin embargo, la vida no se lo puso fácil. Catalani y Puccini mantuvieron una rivalidad silenciosa pero tensa. Compartían la misma ciudad natal, el mismo editor (el poderoso Giulio Ricordi) y el mismo mercado. Ricordi, un lince para los negocios, apostó fuertemente por Puccini, dejando a Catalani a menudo en un segundo plano, algo que amargaba al compositor. Catalani llegó a escribir en una carta a un amigo, reflejando su frustración con el enfoque comercial de la época: "Hoy en día, en Italia, si no escribes música con un puñal en la mano o sangre en el escenario, parece que no estás haciendo verdadera ópera. Si Ricordi no le daba todo el apoyo, Catalani encontró a su mayor aliado en el legendario director de orquesta Arturo Toscanini. Toscanini consideraba que Catalani era un genio incomprendido, con una orquestación muy superior a la de muchos de sus rivales. De hecho, la conexión de Toscanini con la música de Catalani era tan profunda y personal que bautizó a su propia hija con el nombre de Wally, en honor a la heroína de la ópera del compositor. 

"La Wally_Acto IV Preludio"
 NBC Symphony Orchestra.
Arturo Toscanini, director.

Por desgracia, el destino cortó las alas de Catalani cuando estaba en su madurez creativa. Aquejado de tuberculosis desde hacía años, una violenta hemoptisis (sangrado pulmonar) acabó con su vida en Milán el 7 de agosto de 1893, con tan solo 39 años. Murió joven, sin llegar a ver el cambio de siglo, pero dejó un legado de óperas bellas, refinadas y de una atmósfera poética inolvidable que demostraron que en la Italia del siglo XIX también había espacio para el misterio y la ensoñación.