Si el mundo de la música clásica de principios del siglo XX fuera un lienzo en blanco, Darius Milhaud se habría encargado de salpicarlo con todos los colores posibles a la vez. Mientras otros compositores se refugiaban en la melancolía o en la rigidez académica, Milhaud compuso con una alegría de vivir contagiosa, una curiosidad inagotable y una velocidad asombrosa. Fue un viajero incansable que unió el folclore de Brasil, el jazz de Harlem y las tradiciones de su Provenza natal en una de las obras más vastas y fascinantes de la historia de la música.
Darius Milhaud nació en Marsella el 4 de septiembre de 1892 en el seno de una próspera familia judía de origen provenzal. Tras formarse en el Conservatorio de París, su vida dio un vuelco fundamental cuando se unió al grupo conocido como Les Six (Los Seis), un colectivo de jóvenes creadores apadrinados por el polifacético Jean Cocteau.
Su manifiesto era claro: había que acabar con el impresionismo etéreo de Debussy y la densidad germánica de Wagner. Querían una música directa, cotidiana, que oliera a circo, a music-hall y a las calles de París. Y Milhaud se convirtió en uno de sus motores principales.
En 1917, en plena Primera Guerra Mundial, el diplomático y poeta Paul Claudel lo nombró su secretario y se lo llevó a Río de Janeiro. Ese viaje cambió la música de Milhaud para siempre. El compositor se quedó fascinado por el ritmo sincopado del tango brasileño y la música popular de las calles cariocas.
Al regresar a Europa, transformó esos recuerdos en una de sus obras más divertidas y características: Le Bœuf sur le toit (El buey sobre el tejado, 1820), un ballet delirante que es una auténtica fiesta de ritmos sudamericanos.
"El buey en el tejado, op. 58"
Orchestre National de France.
Leonard Bernstein, director.
Poco después, tras un viaje a Estados Unidos donde descubrió el jazz auténtico en los clubes de Harlem, compuso otra de sus obras maestras absolutas: el ballet La Création du monde (La creación del mundo, 1923), donde fusionó por primera vez la instrumentación del jazz con la música de concierto clásica.
Técnicamente, Milhaud pasó a la historia por dominar la politonalidad (hacer sonar varias tonalidades o claves musicales diferentes al mismo tiempo). Lejos de sonar caótico, él lograba que sonara natural, fresco y sorprendentemente armonioso.
"La Creación del Mundo, Op. 81"
Orchestre National de France.
Leonard Bernstein, director.
Milhaud era un creador de una fertilidad legendaria; compuso más de 400 obras a lo largo de su vida. Escribía en cualquier parte: trenes, barcos, hoteles. Se cuenta una anécdota divertidísima que refleja su obsesión por no perder el tiempo. En una ocasión, mientras viajaba en tren por Estados Unidos, un pasajero lo reconoció y se quedó asombrado al ver la velocidad con la que Milhaud llenaba pentagramas sobre sus rodillas. El hombre, fascinado por el ritmo mecánico de sus manos, se le acercó y le dijo:
— Perdone, señor Milhaud... usted no compone música, ¡usted la fabrica en una cadena de montaje como los coches de Henry Ford!
A lo que Milhaud, lejos de ofenderse, respondió con una sonrisa provenzal:
— ¡Exacto! Y afortunadamente, mis modelos cambian todos los años.
Incluso en sus últimos años, cuando una grave artritis reumatoide lo confinó a una silla de ruedas, jamás dejó de componer ni un solo día, dictando las notas o adaptando su mesa de trabajo. Decía con humor:
"Mi cuerpo está encadenado a una silla, pero mi mente sigue viajando a Río de Janeiro cada vez que cojo un lápiz."
"La cheminée du roi René," Op. 205"
Ensemble: Les Vents Français.
La Segunda Guerra Mundial obligó a Milhaud y a su familia a huir de la ocupación nazi en Francia debido a sus orígenes judíos. Se trasladaron a Estados Unidos, donde encontró un hogar en el Mills College de Oakland, California. Allí se convirtió en un profesor legendario, influyendo a generaciones enteras de músicos que iban desde la música clásica hasta el jazz experimental, incluyendo al célebre pianista Dave Brubeck (quien siempre reconoció que su famoso uso de ritmos complejos nació de las clases con el maestro francés).
Tras la guerra, Milhaud alternó su vida entre América y su amada Francia. Finalmente, este viajero incansable de la música falleció en Ginebra, Suiza, el 22 de junio de 1974 a los 81 años. Dejó tras de sí un catálogo descomunal y el recuerdo de un hombre que, por encima de todo, creía que la música debía ser una celebración de la vida.