22 jun 2026

De los cafés de París a las calles de Río

Si el mundo de la música clásica de principios del siglo XX fuera un lienzo en blanco, Darius Milhaud se habría encargado de salpicarlo con todos los colores posibles a la vez. Mientras otros compositores se refugiaban en la melancolía o en la rigidez académica, Milhaud compuso con una alegría de vivir contagiosa, una curiosidad inagotable y una velocidad asombrosa. Fue un viajero incansable que unió el folclore de Brasil, el jazz de Harlem y las tradiciones de su Provenza natal en una de las obras más vastas y fascinantes de la historia de la música.
Darius Milhaud nació en Marsella el 4 de septiembre de 1892 en el seno de una próspera familia judía de origen provenzal. Tras formarse en el Conservatorio de París, su vida dio un vuelco fundamental cuando se unió al grupo conocido como Les Six (Los Seis), un colectivo de jóvenes creadores apadrinados por el polifacético Jean Cocteau.
Su manifiesto era claro: había que acabar con el impresionismo etéreo de Debussy y la densidad germánica de Wagner. Querían una música directa, cotidiana, que oliera a circo, a music-hall y a las calles de París. Y Milhaud se convirtió en uno de sus motores principales.
En 1917, en plena Primera Guerra Mundial, el diplomático y poeta Paul Claudel lo nombró su secretario y se lo llevó a Río de Janeiro. Ese viaje cambió la música de Milhaud para siempre. El compositor se quedó fascinado por el ritmo sincopado del tango brasileño y la música popular de las calles cariocas.
Al regresar a Europa, transformó esos recuerdos en una de sus obras más divertidas y características: Le Bœuf sur le toit (El buey sobre el tejado, 1820), un ballet delirante que es una auténtica fiesta de ritmos sudamericanos.

"El buey en el tejado, op. 58"
Orchestre National de France.
Leonard Bernstein, director.

Poco después, tras un viaje a Estados Unidos donde descubrió el jazz auténtico en los clubes de Harlem, compuso otra de sus obras maestras absolutas: el ballet La Création du monde (La creación del mundo, 1923), donde fusionó por primera vez la instrumentación del jazz con la música de concierto clásica.
Técnicamente, Milhaud pasó a la historia por dominar la politonalidad (hacer sonar varias tonalidades o claves musicales diferentes al mismo tiempo). Lejos de sonar caótico, él lograba que sonara natural, fresco y sorprendentemente armonioso.

"La Creación del Mundo, Op. 81"
Orchestre National de France.
Leonard Bernstein, director.

Milhaud era un creador de una fertilidad legendaria; compuso más de 400 obras a lo largo de su vida. Escribía en cualquier parte: trenes, barcos, hoteles. Se cuenta una anécdota divertidísima que refleja su obsesión por no perder el tiempo. En una ocasión, mientras viajaba en tren por Estados Unidos, un pasajero lo reconoció y se quedó asombrado al ver la velocidad con la que Milhaud llenaba pentagramas sobre sus rodillas. El hombre, fascinado por el ritmo mecánico de sus manos, se le acercó y le dijo:
— Perdone, señor Milhaud... usted no compone música, ¡usted la fabrica en una cadena de montaje como los coches de Henry Ford!
A lo que Milhaud, lejos de ofenderse, respondió con una sonrisa provenzal:
— ¡Exacto! Y afortunadamente, mis modelos cambian todos los años.
Incluso en sus últimos años, cuando una grave artritis reumatoide lo confinó a una silla de ruedas, jamás dejó de componer ni un solo día, dictando las notas o adaptando su mesa de trabajo. Decía con humor:
"Mi cuerpo está encadenado a una silla, pero mi mente sigue viajando a Río de Janeiro cada vez que cojo un lápiz."

"La cheminée du roi René," Op. 205"
Ensemble: Les Vents Français.

La Segunda Guerra Mundial obligó a Milhaud y a su familia a huir de la ocupación nazi en Francia debido a sus orígenes judíos. Se trasladaron a Estados Unidos, donde encontró un hogar en el Mills College de Oakland, California. Allí se convirtió en un profesor legendario, influyendo a generaciones enteras de músicos que iban desde la música clásica hasta el jazz experimental, incluyendo al célebre pianista Dave Brubeck (quien siempre reconoció que su famoso uso de ritmos complejos nació de las clases con el maestro francés).
Tras la guerra, Milhaud alternó su vida entre América y su amada Francia. Finalmente, este viajero incansable de la música falleció en Ginebra, Suiza, el 22 de junio de 1974 a los 81 años. Dejó tras de sí un catálogo descomunal y el recuerdo de un hombre que, por encima de todo, creía que la música debía ser una celebración de la vida.

19 jun 2026

El eco melancólico de la Toscana

Italia. Finales del siglo XIX. La ópera está dominada por el gigantesco Giuseppe Verdi y, al mismo tiempo, una nueva corriente cruda y pasional llamada verismo (con Puccini, Mascagni y Leoncavallo) empieza a empujar con fuerza. En medio de este choque de trenes musicales se encuentra Alfredo Catalani, un compositor con una sensibilidad única, atrapado entre la tradición de su país y su fascinación por el misticismo alemán de Richard Wagner. Su vida fue breve, intensa y marcada por una melancolía que se trasladó directamente a sus partituras.

"Misa en Mi menor"
Capella Santa Cecilia della Cattedrale di Lucca.
Orchestra lirico sinfonica del Teatro del Giglio di Lucca.
Gianfranco Cosmi, director.
 
Alfredo Catalani nació el 19 de junio de 1854 en Lucca, una ciudad de la Toscana con una inmensa tradición musical (curiosamente, la misma ciudad natal de Giacomo Puccini). De familia de músicos, Catalani demostró un talento precoz. Tras iniciar sus estudios en su ciudad natal, se mudó a París y luego al Conservatorio de Milán. A diferencia de sus contemporáneos italianos, que buscaban el drama popular y directo en las calles, Catalani se sentía irremediablemente atraído por las leyendas nórdicas, las brumas del río Rin y los mundos fantásticos. Esto se notó enseguida en sus primeras obras importantes, como Elda (1880) y, muy especialmente, Loreley (1890), una ópera envuelta en romanticismo fantástico que narra la historia de la mítica ondina del Rin. 

Loreley_Danza Delle Ondine.
London Symphony Orchestra.
Richard Bonynge, director.

El punto culminante de su carrera llegó en 1892 con el estreno de su obra maestra absoluta: La Wally. Ambientada en los Alpes tiroleses, la ópera cuenta la historia de una mujer fuerte e independiente que prefiere enfrentarse a la nieve antes que casarse por obligación. Es en esta obra donde brilla su página más inmortal, el aria "Ebben? Ne andrò lontana" (¿Y bien? Me iré lejos), una pieza de una belleza desgarradora que seguro has escuchado alguna vez (y que el cine popularizó magistralmente en la película de culto Diva de 1981). 

"La Wally_¿Y bien?... Me iré lejos"
Maria Callas, soprano.
Philharmonia Orchestra.
Tullio Serafin, director.

Sin embargo, la vida no se lo puso fácil. Catalani y Puccini mantuvieron una rivalidad silenciosa pero tensa. Compartían la misma ciudad natal, el mismo editor (el poderoso Giulio Ricordi) y el mismo mercado. Ricordi, un lince para los negocios, apostó fuertemente por Puccini, dejando a Catalani a menudo en un segundo plano, algo que amargaba al compositor. Catalani llegó a escribir en una carta a un amigo, reflejando su frustración con el enfoque comercial de la época: "Hoy en día, en Italia, si no escribes música con un puñal en la mano o sangre en el escenario, parece que no estás haciendo verdadera ópera. Si Ricordi no le daba todo el apoyo, Catalani encontró a su mayor aliado en el legendario director de orquesta Arturo Toscanini. Toscanini consideraba que Catalani era un genio incomprendido, con una orquestación muy superior a la de muchos de sus rivales. De hecho, la conexión de Toscanini con la música de Catalani era tan profunda y personal que bautizó a su propia hija con el nombre de Wally, en honor a la heroína de la ópera del compositor. 

"La Wally_Acto IV Preludio"
 NBC Symphony Orchestra.
Arturo Toscanini, director.

Por desgracia, el destino cortó las alas de Catalani cuando estaba en su madurez creativa. Aquejado de tuberculosis desde hacía años, una violenta hemoptisis (sangrado pulmonar) acabó con su vida en Milán el 7 de agosto de 1893, con tan solo 39 años. Murió joven, sin llegar a ver el cambio de siglo, pero dejó un legado de óperas bellas, refinadas y de una atmósfera poética inolvidable que demostraron que en la Italia del siglo XIX también había espacio para el misterio y la ensoñación.

16 jun 2026

Ochocientos discos y una ceja levantada

Si la batuta de un director de orquesta fuera una varita mágica, la de Gennadi Rozhdestvensky habría sido la más impredecible, audaz y longeva del siglo XX. Nacido en Moscú el 4 de mayo de 1931 y fallecido en la misma ciudad el 16 de junio de 2018, este gigante de la música no solo fue uno de los directores más prolíficos de la historia (con más de ochocientas grabaciones a sus espaldas), sino un artista con una personalidad desbordante que supo surfear las peligrosas aguas de la censura soviética armado con un talento inconmensurable y una ironía corrosiva.

Dmitri Shostakovich - Johann Strauss II.

La música corría por sus venas de forma literal. Hijo del célebre director de orquesta Nikolai Anosov y de la soprano Natalya Rozhdestvenskaya, el joven Gennadi decidió adoptar el apellido de su madre para hacer su propio camino y evitar que lo acusaran de nepotismo. Su talento era tan evidente que en 1951, con apenas veinte años y siendo todavía un estudiante en el Conservatorio de Moscú, debutó en el mismísimo Teatro Bolshói dirigiendo nada menos que El cascanueces de Tchaikovsky. 

Chaikovski-Shostakovich-Stravinski

A partir de ese momento, su ascenso fue meteórico. Rozhdestvensky se convirtió en el gran defensor de la música de su tiempo; fue el hombre de confianza de compositores de la talla de Dmitri Shostakovich y Serguéi Prokófiev, y se atrevió a estrenar en la Unión Soviética obras de compositores occidentales prohibidos o mirados con lupa por el régimen, como Igor Stravinsky o Benjamin Britten, desafiando constantemente a los burócratas del Ministerio de Cultura.

Prokófiev-Britten.

Pero si algo hacía único a Rozhdestvensky, más allá de su oído absoluto, era su heterodoxa forma de dirigir. Odiaba los ensayos eternos y tediosos. Poseía una técnica de brazos tan sumamente clara y expresiva que las orquestas le entendían todo al primer vistazo. Se decía que era capaz de salvar cualquier desastre en pleno concierto con un solo movimiento de muñeca o levantando una ceja. Su magnetismo era tal que, en la década de los setenta, las autoridades soviéticas —en un inusual arrebato de flexibilidad— le permitieron convertirse en el primer director de la URSS en asumir la titularidad de orquestas extranjeras occidentales, como la Orquesta Sinfónica de la BBC o la Sinfónica de la de Viena, tendiendo puentes culturales en plena Guerra Frio.

Haydn-Saint-Saëns-Elgar.

Detrás de su imponente presencia física y sus gafas de pasta, se escondía un hombre refinado, coleccionista de libros antiguos y poseedor de un humor típicamente ruso: negro, inteligente y mordaz. En los ensayos, en lugar de gritar a los músicos, lanzaba comentarios irónicos que congelaban la sangre pero resultaban infalibles. En una ocasión, ante una sección de violines que tocaba sin ninguna emoción, se detuvo y les dijo con calma: "Por favor, toquen como si les hubieran subido el sueldo". Su vida personal estuvo marcada por una hermosa alianza musical y sentimental con la virtuosa pianista Viktoria Póstnikova, con quien se casó en 1969. Juntos recorrieron el mundo ofreciendo conciertos memorables, formando un tándem inseparable tanto en el escenario como en su vida privada.

Piotr Ilich Chaikovski "Concierto para piano nº 2 en Sol mayor, Op. 44"
Viktoria Postnikova, piano.
Wiener Symphoniker.
Gennadi Rozhdestvensky, director.

El legado que dejó al bajarse definitivamente del podio a los ochenta y siete años es inabarcable. Entre sus hitos interpretativos más significativos se encuentra la grabación integral de las quince sinfonías de Shostakovich (un documento histórico imprescindible), el rescate y estreno de la monumental ópera La nariz del mismo compositor, y sus vibrantes lecturas de los grandes ballets de Prokófiev como Romeo y Julieta o Cenicienta.

Serguéi Prokófiev "Cenicienta, Op. 47"
Orquesta Sinfónica de Radio y Televisión de la URSS.
Gennadi Rozhdestvensky, director.

Rozhdestvensky no buscaba la perfección milimétrica y fría, sino la chispa, el drama y la verdad oculta tras las notas. Cuando el 16 de junio de 2018 su batuta se silenció para siempre en Moscú, el mundo de la música no solo perdió a uno de los últimos directores de la vieja escuela rusa, sino al maestro que demostró que se podía gobernar a cien músicos armados con instrumentos usando, únicamente, el poder de la inteligencia y una sonrisa cómplice.