12 jun 2026

El Asceta del Teclado

Hablar de Arturo Benedetti Michelangeli (Brescia, 1920 – Lugano, 1995) no es repasar la vida de un pianista convencional, sino adentrarse en el mito de un asceta del teclado, un hombre que buscaba una perfección casi inhumana en cada nota y que convirtió el silencio y la ausencia en parte de su leyenda.
Nació el 5 de enero de 1920 en Brescia, Italia. Aunque comenzó tocando el violín, pronto el piano se convirtió en su auténtico altar. Con apenas 19 años, en 1939, ganó el prestigioso Concurso Internacional de Ginebra. El mismísimo Alfred Cortot, miembro del jurado, exclamó al escucharle: "Ha nacido un nuevo Liszt". 

Franz Liszt "Totentanz S. 126"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.
Orquesta Sinfónica de la RAI.
Gianandrea Gavazzeni, director.

Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial interrumpió su incipiente carrera; Michelangeli se unió a la aviación italiana y, más tarde, a la resistencia antifascista, llegando a ser capturado por los alemanes y pasando varios meses en prisión antes de lograr escapar de aquel horror.
Al regresar a los escenarios, su técnica infalible y su obsesión enfermiza con la acústica y el estado del instrumento no tardaron en forjar su mito. No tocaba en cualquier piano, ni en cualquier sala. Viajaba siempre con sus propios pianos Steinway & Sons y con su afinador personal de confianza, Cesare Augusto Tallone. Si al llegar al teatro consideraba que la humedad ambiental, la temperatura o la acústica no eran absolutamente perfectas, o si el piano sufría la más mínima alteración por el viaje, cancelaba el concierto sin miramientos, importándole muy poco si el público ya estaba sentado en sus localidades. Estas espantadas calaron hondo en los promotores, pero aumentaron su aura de genio inaccesible.

Beethoven - Debussy - Ravel.

Vivía como un monje. Detestaba los aplausos exagerados, la adulación y el circo comercial que rodeaba a la música clásica. En sus conciertos, apenas gesticulaba; su rostro permanecía imperturbable, como una máscara de mármol, mientras sus dedos ejecutaban pasajes de una dificultad endiablada con una claridad cristalina, donde cada nota parecía tallada en diamante. Es precisamente esa búsqueda de la pureza la que quedó grabada en el celuloide en 1977, durante su legendario recital en El Vaticano ante el Papa Pablo VI, un registro que hoy es testimonio audiovisual imprescindible de su rigurosa y majestuosa presencia en directo.

Chopin - Debussy.

Ese inconformismo indomable hacía que Michelangeli detestara profundamente los estudios de grabación, pues sentía que las cintas "enlataban" y despojaban a la música de su alma viva. Por ello, su discografía oficial es relativamente exigua, pero cada uno de los registros que permitió que vieran la luz se convirtió de inmediato en una obra de arte incontestable, una auténtica referencia para la historia de la música.
Ocurrió así en 1957, cuando dejó grabado para el sello EMI el Concierto para piano en Sol mayor de Ravel y el Concierto para piano n.º 4 de Rachmaninov junto a la Philharmonia Orchestra dirigida por Ettore Gracis; un disco que la crítica internacional sigue considerando unánimemente una de las mejores grabaciones pianísticas de todos los tiempos por el asombroso control del color y las texturas que logra en la obra de Ravel. 

Maurice Ravel "Concierto para piano en sol mayor"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.
Philharmonia Orchestra.
Ettore Gracis, director.

Lo mismo sucedió con sus registros de Debussy (Préludes e Images) para Deutsche Grammophon, donde Michelangeli rediseñó por completo la forma de interpretar al compositor francés, alejándose del misticismo borroso de otros pianistas para ofrecer una lectura de una precisión quirúrgica, donde el impresionismo se vuelve nítido, poético y de una belleza tímbrica sobrecogedora. O en sus aproximaciones a Chopin —como sus célebres Mazurkas o la Balada n.º 1—, donde huía de cualquier sentimentalismo barato para desplegar un fraseo aristocrático, riguroso y de una arquitectura perfecta.

Claude Debussy "Images 1ª serie"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.

A pesar de su aislamiento y de su carácter huraño para con la industria, su magisterio se transmitió de forma directa a las siguientes generaciones. En sus famosas clases magistrales en Arezzo o Turín, el maestro volcó su sabiduría sobre jóvenes promesas que más tarde se convertirían en gigantes del piano, como Martha Argerich y Maurizio Pollini, quienes siempre recordarían el rigor casi místico, rayano en lo sagrado, que Michelangeli exigía ante cada compás de la partitura.

Claude Debussy "Images 2ª serie"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.

Hacia el final de su vida, su salud comenzó a resquebrajarse y a volverse tan frágil como la madera de sus pianos. En 1988, sufrió un grave aneurisma aórtico en pleno concierto mientras tocaba en Burdeos; sin embargo, haciendo gala de una asombrosa fuerza de voluntad, logró recuperarse y seguir ofreciendo recitales unos años más, buscando siempre ese sonido ideal que habitaba en su mente.
Pero el destino terminó por reclamar el silencio. Tras retirarse a su refugio en Suiza, su llama se apagó definitivamente el 12 de junio de 1995 en Lugano. Con su fallecimiento, el mundo de la música no solo perdió a un virtuoso inigualable, sino al último gran eremita del piano; un hombre que prefirió romper los contratos y dar la espalda a la fama antes que traicionar la pureza absoluta de la música.

11 jun 2026

Richard Strauss

Imaginad a un hombre con la precisión de un banquero suizo, la sangre fría de un gran jugador de ajedrez y la mente musical de un revolucionario. Ese era Richard Strauss, un artista que nació en Múnich el 11 de junio de 1864 y falleció en Garmisch-Partenkirchen el 8 de septiembre de 1949, dejando tras de sí una estela que redefinió para siempre lo que una orquesta era capaz de hacer. A diferencia del cliché del creador atormentado, hambriento y caótico, Strauss fue un hombre metódico y cerebral. Su padre, Franz, era el principal cornista de la corte de Múnich y un conservador radical que odiaba la música de Wagner con pasión. Paradójicamente, aunque educó al pequeño Richard en el clasicismo más estricto, el joven Strauss terminó convirtiéndose en el heredero espiritual del wagnerianismo, llevando la potencia y el color orquestal a límites nunca antes vistos.

"Don Juan, Op. 20"
Vienna Philharmonic Orchestra.
Clemens Heinrich Krauss, director.

Pronto descubrió que la música clásica no tenía por qué ser abstracta, sino que podía contar historias explícitas, convirtiéndose en el maestro indiscutible del "poema sinfónico". El estallido de su genialidad llegó en 1888 con el estreno de Don Juan. 

"Así habló Zaratustra, op. 30"
The Vienna Philharmonic Orchestra.
Richard Strauss, director.

Apenas un año después, en 1889, nos llevó al umbral del más allá con la sobrecogedora Muerte y transfiguración, y en 1896 creó un inicio tan colosal e imponente en Así habló Zarathustra que, décadas más tarde, Stanley Kubrick lo inmortalizaría en el cine para musicalizar el amanecer de la humanidad en 2001: Odisea del espacio. Su catálogo seguía creciendo con obras de un ego genial como Una vida de héroe en 1898, un ejercicio de autorretrato musical donde el violín solista escenificaba nada menos que los cambios de humor de su propia esposa, la soprano Pauline de Ahna.

"Una vida de héroe, Op 40"
Barry Griffith, violín.
BBC Northern Symphony Orchestra.
Kurt Sanderling, director.

Pauline fue, de hecho, el verdadero "general" en la vida del compositor. Tenía un carácter volcánico, era mandona, excéntrica y lo regañaba en público, pero Strauss la adoraba y aseguraba que su temperamento le daba la energía que a él le faltaba. Detrás de esa música capaz de levantar al público de sus asientos, se escondía un hombre con los pies muy en la tierra que compaginaba su arte con una estricta rutina y una devoción absoluta por el Skat, un juego de cartas alemán en el que pasaba horas apostando pequeñas sumas. Como director de orquesta era igualmente peculiar: odiaba los aspavientos, dirigía casi sin mover el cuerpo y solía aconsejar a sus alumnos que nunca miraran a los músicos de metal, pues "solo les animará a tocar más fuerte". Se rumoreaba, incluso, que a veces aceleraba los tempos al final de los conciertos simplemente porque tenía una partida de cartas pendiente.

"Salomé_Escena Final"
Leonie Rysanek.
Rudolf Kempe, director.

El éxito sinfónico no le bastó, y Strauss decidió asaltar los teatros de ópera sembrando el escándalo. En 1905 estrenó Salomé, basada en la polémica obra de Oscar Wilde, desafiando la moral de la época con la sensualidad de la "Danza de los siete velos" y una partitura disonante que electrizó a Europa. Cuatro años después, en 1909, unió fuerzas con el libretista Hugo von Hofmannsthal para crear Elektra, una obra de una violencia psicológica y una vanguardia brutales. Sin embargo, demostrando su camaleónica genialidad, la pareja dio un giro de ciento ochenta grados en 1911 para regalar al mundo El caballero de la rosa, una ópera bellísima y aristocrática empapada de valses nostálgicos por un pasado que se desvanecía.

"El caballero de la rosa, Op. 59"
Vienna State Opera Chorus and Orchestra.
Carlos Kleiber, director.

Los años dorados dieron paso a la madurez y a la etapa más oscura de su vida, marcada por las turbulencias políticas de la Alemania nazi. Strauss, ya anciano, intentó proteger a su nuera, que era de origen judío, y a sus nietos; para ello, aceptó inicialmente cooperar con el régimen como presidente de la Cámara de Música del Reich, un puesto del que acabó siendo destituido por la Gestapo al interceptarse una carta donde se mostraba crítico con el sistema. Tras la Segunda Guerra Mundial, cansado y contemplando un mundo en ruinas, plasmó su dolor en 1945 con Metamorfosis, un lamento fúnebre para veintitrés instrumentos de cuerda por la destrucción de los teatros de su patria.

"Metamorfosis"
Philharmonia Orchestra.
Otto Klemperer, director.

Antes del silencio definitivo, Strauss se despidió del mundo en 1948 con sus extraordinarias Cuatro últimas canciones para soprano y orquesta, un testamento musical crepuscular de una belleza serena y sobrecogedora. 

"Las Cuatro últimas canciones"
Elisabeth Schwarzkopf, soprano.
Berlin Radio Symphony Orchestra.
George Szell, director.

Pocas semanas antes de morir a los ochenta y cinco años, habiendo domado todas las tempestades del sonido, el viejo compositor le confesó a su nuera con una sonrisa: "Es curioso, Alice, morir es exactamente como lo compuse en Muerte y transfiguración".

"Muerte y Transfiguración, Op. 24"
Staatskapelle Dresden.
Rudolf Kempe, director.


10 jun 2026

El paisaje sonoro de Delius

Nacido en el seno de una próspera familia comerciante de origen alemán en Bradford, Inglaterra, el 29 de enero de 1862, el destino del joven Fritz Theodore Albert Delius parecía irremediablemente ligado al negocio de la lana de su estricto padre. Sin embargo, el alma del futuro compositor albergaba una sensibilidad musical que no encajaba entre balances comerciales. En un intento desesperado por encauzarlo, su padre lo envió a Florida en 1884 para gestionar una plantación de naranjos en Solano Grove.
Aquella plantación fracasó estrepitosamente en lo comercial, pero se convirtió en el crisol de su genialidad. Fascinado por los cantos de los trabajadores afroamericanos que flotaban sobre el río San Juan y el denso paisaje sureño, Delius encontró allí su verdadera voz musical. Fue en EE. UU. donde recibió sus primeras lecciones formales de un organista local antes de regresar a Europa para estudiar en el Conservatorio de Leipzig.
A partir de 1897, Delius se estableció en el idílico pueblo francés de Grez-sur-Loing junto a su esposa, la pintora Jelka Rosen. Allí, adoptando ya el nombre de Frederick, dio vida a sus obras más características, uniendo la tradición posromántica con un impresionismo musical único, marcadamente bucólico y melancólico. De su pluma nacieron partituras tan evocadoras como Al escuchar el primer cuco en primavera (On Hearing the First Cuckoo in Spring), Un paseo por el jardín del paraíso (A Village Romeo and Juliet), y la monumental Misa de la vida (A Mass of Life), inspirada en los textos de Nietzsche. Su música no buscaba la rigidez de la estructura clásica, sino capturar la fugacidad de la naturaleza y las emociones humanas. Una de las anécdotas más curiosas de su catálogo es la suite Florida, un homenaje directo a su época entre naranjos, cuya primera audición privada en Leipzig fue financiada por el propio Delius... ¡ofreciendo un barril de cerveza al director y a la orquesta para que la interpretaran!

Halle Orchestra.
Robert Tear (Tenor en la pieza nº 3).
Sir John Barbirolli, director.

La vida de Delius dio un giro trágico en sus últimas décadas debido a la sífilis que había contraído en su juventud. La enfermedad lo dejó progresivamente ciego y paralítico, amenazando con silenciar su música para siempre. Fue entonces cuando ocurrió uno de los episodios más conmovedores de la historia de la música: un joven músico inglés llamado Eric Fenby, conmovido por la situación del maestro, se ofreció voluntariamente a mudarse a Francia para trabajar como su amanuense. Mediante un titánico y paciente sistema de dictado —donde Delius silbaba o tarareaba las notas desde su silla de ruedas y Fenby las transcribía al pentagrama— el compositor pudo terminar obras maestras tardías como A Song of Summer. Tras años de reclusión creativa, Frederick Delius falleció en su amado retiro de Grez-sur-Loing el 10 de junio de 1934, dejando tras de sí un legado musical que, al igual que el aroma de los naranjos de su juventud, permanece suspendido en el tiempo de manera suspendida y eterna.