Claudio Arrau León nació el 6 de febrero de 1903 en Chillán, Chile, mostrando un talento tan extraordinario y precoz que a los cinco años ofreció su primer recital público y a los seis tocó ante el presidente de la República. Considerado un niño prodigio de características casi milagrosas, el gobierno chileno le otorgó una beca para estudiar en Berlín con Martin Krause, quien había sido uno de los últimos alumnos de Franz Liszt. Krause no solo formó su técnica basándola en la relajación muscular y el peso del cuerpo —evitando la rigidez—, sino que se convirtió en su mentor vital; por ello, su muerte en 1918 dejó al joven Arrau en una profunda crisis existencial y financiera. Logró superarla gracias a su madurez y a una intensa terapia con el psicoanalista Abrahamson, una experiencia que el propio pianista consideraba fundamental para liberar su potencial creativo y desarrollar una aproximación intelectual y espiritual a la música. A partir de los años veinte, su carrera despegó de manera imparable en Europa, consolidándose tras mudarse a Estados Unidos en los años cuarenta debido a la Segunda Guerra Mundial, desde donde proyectó una de las trayectorias estelares más longevas y respetadas de la historia del piano.
Beethoven-Schumann-Schönberg.
A lo largo de su dilatada carrera, Arrau huyó sistemáticamente del virtuosismo superficial, buscando siempre la verdad interna de cada partitura a través de un sonido denso, profundo y lleno de matices. Esta filosofía quedó plasmada en un catálogo discográfico legendario, principalmente bajo el sello Philips, donde sus grabaciones se convirtieron en auténticas referencias absolutas. Entre ellas destacan su integral de las Sonatas para piano de Beethoven, considerada una cumbre de la interpretación por su equilibrio entre rigor estructural y hondura dramática, y sus lecturas de los Nocturnos y Estudios de Chopin, donde el lirismo se tiñe de una nobleza aristocrática alejada de cualquier sentimentalismo.
Frédéric Chopin "Valses Op. 34".
Asimismo, sus interpretaciones de la Sonata en si menor de Liszt, del Carnaval de Schumann y de las obras maduras de Brahms y Schubert siguen siendo el espejo en el que se miran las generaciones posteriores de pianistas.
Brahms-Schubert.
Detrás de su imponente presencia en el escenario y su seriedad intelectual, Arrau albergaba una personalidad fascinante y algunas peculiaridades memorables. Era un lector voraz y un apasionado coleccionista de arte precolombino, pero una de sus facetas más curiosas era su amor por los felinos: llegó a declarar que se sentía profundamente identificado con los gatos, admirando su elegancia y su independencia, cualidades que de algún modo intentaba trasladar a su forma de estar en el mundo. Además, se cuenta como una entrañable anécdota que, a pesar de poseer una de las mentes musicales más analíticas del siglo, era un hombre extraordinariamente supersticioso con ciertos rituales antes de salir a tocar, y poseía una timidez tan reverencial hacia el público que el escenario siempre le impuso un respeto sagrado, independientemente de las miles de veces que lo pisara.
Ludwig van Beethoven "Sonata para piano n.º 7 en re mayor, Op. 10 n.º 3".
Arrau entendía su oficio no como un lucimiento personal, sino como un sacerdocio. En sus propias palabras, solía definir el acto interpretativo desde una perspectiva casi mística:
"El pianista debe ser un canalizador de las fuerzas del universo. Cuando toco, no soy yo quien toca; es algo que pasa a través de mí".
Esta entrega absoluta se reflejaba en su concepción del aprendizaje continuo, afirmando que "en la música, el día que crees que ya no tienes nada que aprender, estás muerto". Para él, el sonido no era un elemento físico, sino el vehículo de una idea superior, algo que resumió magistralmente al decir:
"La música es la expresión de lo inefable, aquello que no se puede decir con palabras pero que es imposible mantener en silencio".
Franz Liszt"Jeux d'eau a la villa d'Este".
El maestro continuó tocando prácticamente hasta el final de sus días, manteniendo una disciplina de estudio de varias horas diarias incluso octogenario. El destino quiso que su viaje terminara en Europa, la tierra que lo vio formarse: Claudio Arrau falleció el 9 de junio de 1991 en Mürzzuschlag, Austria, a los 88 años, debido a las complicaciones de una cirugía intestinal de urgencia mientras se encontraba en medio de una gira de conciertos. Siguiendo su expreso deseo, sus restos fueron repatriados a Chile y descansan en el cementerio de su Chillán natal, cerrando el círculo de una vida dedicada por entero a la búsqueda de la belleza y la trascendencia a través del teclado.