A principios de 1883, Chaikovski buscaba desesperadamente paz en París. Huía del gélido invierno ruso y de las constantes presiones sociales que tanto agotaban su frágil salud mental. Su mente y su energía estaban completamente volcadas en un proyecto que consideraba su próxima gran obra maestra: la ópera Mazeppa. Cada compás de esa partitura le costaba sangre, y el aislamiento de París era su único refugio.Sin embargo, el destino y la burocracia imperial tenían otros planes.A mediados de marzo, llegó a su mesa una carta con el sello del Comité de Coronación de Moscú. Las noticias no eran buenas. El zar Alejandro III iba a ser coronado en mayo, y el comité había encargado inicialmente una cantata conmemorativa al célebre pianista y compositor Anton Rubinstein. Pero Rubinstein, al ver los plazos ridículamente cortos, se había asustado y rechazó el encargo, sugiriendo con total ligereza el nombre de Chaikovski. El comité le exigía a Piotr una cantata monumental para solistas, coro y orquesta, basada en un poema patriótico de Apollon Maykov que narraba la historia y el surgimiento de Moscú. ¿El plazo de entrega? Menos de tres semanas. Por si fuera poco, la municipalidad de Moscú también le exigía una Marcha de la Coronación independiente. Chaikovski entró en pánico. En sus cartas a su protectora y mecenas, Nadezhda von Meck, se quejó amargamente de aquellas "dos tareas inesperadas y sumamente gravosas impuestas a la fuerza". Su primer impulso fue negarse en redondo; odiaba componer por encargo político y detestaba que le interrumpieran su trabajo en Mazeppa. Desesperado, llegó a escribir a su editor, Jurgenson, preguntándole si podía plagiar su propia música del pasado y reciclar una vieja cantata de 1872 para salir del paso. Pero el orgullo y el respeto al texto de Maykov —que admitió que era bellísimo y muy poético— pudieron más.
"Cantata Moscú"
Perm Opera & Ballet Theatre's Orchestra & Choir.
Natalia Buklaga, Alexander Pogudin.
Valeriy Platonov, director.
El 17 de marzo se sentó al piano.Lo que siguió fue un torbellino de actividad febril. Trabajando día y noche en su habitación de París, con los nervios a flor de piel y el miedo constante a no llegar a tiempo, el milagro se obró. En apenas dos semanas, Chaikovski no solo esbozó la música, sino que completó la compleja orquestación de los seis movimientos de la cantata y terminó la marcha. El 5 de abril, exhausto pero aliviado, ponía el punto final a la partitura. El 27 de mayo de 1883, el fastuoso Palacio de las Facetas del Kremlin resplandecía bajo la luz de miles de velas y el brillo de las joyas de la aristocracia rusa. Mientras los invitados de la alta nobleza asistían al banquete de coronación de Alejandro III, los primeros acordes del Andante religioso de la Cantata "Moscú" comenzaron a resonar. La obra resultó ser una genialidad. Lejos de ser un himno político plano y aburrido, Chaikovski inyectó en ella una frescura, una sinceridad lírica y una grandiosidad melódica que cautivaron a los presentes. El arioso para mezzosoprano se convirtió en una de las piezas más emotivas de la velada. El compositor, que tanto había temido el encargo, demostró que incluso bajo la máxima presión y con el corazón en otra parte, su genio era incapaz de escribir algo que no fuera profundamente conmovedor.
