11 jun 2026

Richard Strauss

Imaginad a un hombre con la precisión de un banquero suizo, la sangre fría de un gran jugador de ajedrez y la mente musical de un revolucionario. Ese era Richard Strauss, un artista que nació en Múnich el 11 de junio de 1864 y falleció en Garmisch-Partenkirchen el 8 de septiembre de 1949, dejando tras de sí una estela que redefinió para siempre lo que una orquesta era capaz de hacer. A diferencia del cliché del creador atormentado, hambriento y caótico, Strauss fue un hombre metódico y cerebral. Su padre, Franz, era el principal cornista de la corte de Múnich y un conservador radical que odiaba la música de Wagner con pasión. Paradójicamente, aunque educó al pequeño Richard en el clasicismo más estricto, el joven Strauss terminó convirtiéndose en el heredero espiritual del wagnerianismo, llevando la potencia y el color orquestal a límites nunca antes vistos.

"Don Juan, Op. 20"
Vienna Philharmonic Orchestra.
Clemens Heinrich Krauss, director.

Pronto descubrió que la música clásica no tenía por qué ser abstracta, sino que podía contar historias explícitas, convirtiéndose en el maestro indiscutible del "poema sinfónico". El estallido de su genialidad llegó en 1888 con el estreno de Don Juan. 

"Así habló Zaratustra, op. 30"
The Vienna Philharmonic Orchestra.
Richard Strauss, director.

Apenas un año después, en 1889, nos llevó al umbral del más allá con la sobrecogedora Muerte y transfiguración, y en 1896 creó un inicio tan colosal e imponente en Así habló Zarathustra que, décadas más tarde, Stanley Kubrick lo inmortalizaría en el cine para musicalizar el amanecer de la humanidad en 2001: Odisea del espacio. Su catálogo seguía creciendo con obras de un ego genial como Una vida de héroe en 1898, un ejercicio de autorretrato musical donde el violín solista escenificaba nada menos que los cambios de humor de su propia esposa, la soprano Pauline de Ahna.

"Una vida de héroe, Op 40"
Barry Griffith, violín.
BBC Northern Symphony Orchestra.
Kurt Sanderling, director.

Pauline fue, de hecho, el verdadero "general" en la vida del compositor. Tenía un carácter volcánico, era mandona, excéntrica y lo regañaba en público, pero Strauss la adoraba y aseguraba que su temperamento le daba la energía que a él le faltaba. Detrás de esa música capaz de levantar al público de sus asientos, se escondía un hombre con los pies muy en la tierra que compaginaba su arte con una estricta rutina y una devoción absoluta por el Skat, un juego de cartas alemán en el que pasaba horas apostando pequeñas sumas. Como director de orquesta era igualmente peculiar: odiaba los aspavientos, dirigía casi sin mover el cuerpo y solía aconsejar a sus alumnos que nunca miraran a los músicos de metal, pues "solo les animará a tocar más fuerte". Se rumoreaba, incluso, que a veces aceleraba los tempos al final de los conciertos simplemente porque tenía una partida de cartas pendiente.

"Salomé_Escena Final"
Leonie Rysanek.
Rudolf Kempe, director.

El éxito sinfónico no le bastó, y Strauss decidió asaltar los teatros de ópera sembrando el escándalo. En 1905 estrenó Salomé, basada en la polémica obra de Oscar Wilde, desafiando la moral de la época con la sensualidad de la "Danza de los siete velos" y una partitura disonante que electrizó a Europa. Cuatro años después, en 1909, unió fuerzas con el libretista Hugo von Hofmannsthal para crear Elektra, una obra de una violencia psicológica y una vanguardia brutales. Sin embargo, demostrando su camaleónica genialidad, la pareja dio un giro de ciento ochenta grados en 1911 para regalar al mundo El caballero de la rosa, una ópera bellísima y aristocrática empapada de valses nostálgicos por un pasado que se desvanecía.

"El caballero de la rosa, Op. 59"
Vienna State Opera Chorus and Orchestra.
Carlos Kleiber, director.

Los años dorados dieron paso a la madurez y a la etapa más oscura de su vida, marcada por las turbulencias políticas de la Alemania nazi. Strauss, ya anciano, intentó proteger a su nuera, que era de origen judío, y a sus nietos; para ello, aceptó inicialmente cooperar con el régimen como presidente de la Cámara de Música del Reich, un puesto del que acabó siendo destituido por la Gestapo al interceptarse una carta donde se mostraba crítico con el sistema. Tras la Segunda Guerra Mundial, cansado y contemplando un mundo en ruinas, plasmó su dolor en 1945 con Metamorfosis, un lamento fúnebre para veintitrés instrumentos de cuerda por la destrucción de los teatros de su patria.

"Metamorfosis"
Philharmonia Orchestra.
Otto Klemperer, director.

Antes del silencio definitivo, Strauss se despidió del mundo en 1948 con sus extraordinarias Cuatro últimas canciones para soprano y orquesta, un testamento musical crepuscular de una belleza serena y sobrecogedora. 

"Las Cuatro últimas canciones"
Elisabeth Schwarzkopf, soprano.
Berlin Radio Symphony Orchestra.
George Szell, director.

Pocas semanas antes de morir a los ochenta y cinco años, habiendo domado todas las tempestades del sonido, el viejo compositor le confesó a su nuera con una sonrisa: "Es curioso, Alice, morir es exactamente como lo compuse en Muerte y transfiguración".

"Muerte y Transfiguración, Op. 24"
Staatskapelle Dresden.
Rudolf Kempe, director.


10 jun 2026

El paisaje sonoro de Delius

Nacido en el seno de una próspera familia comerciante de origen alemán en Bradford, Inglaterra, el 29 de enero de 1862, el destino del joven Fritz Theodore Albert Delius parecía irremediablemente ligado al negocio de la lana de su estricto padre. Sin embargo, el alma del futuro compositor albergaba una sensibilidad musical que no encajaba entre balances comerciales. En un intento desesperado por encauzarlo, su padre lo envió a Florida en 1884 para gestionar una plantación de naranjos en Solano Grove.
Aquella plantación fracasó estrepitosamente en lo comercial, pero se convirtió en el crisol de su genialidad. Fascinado por los cantos de los trabajadores afroamericanos que flotaban sobre el río San Juan y el denso paisaje sureño, Delius encontró allí su verdadera voz musical. Fue en EE. UU. donde recibió sus primeras lecciones formales de un organista local antes de regresar a Europa para estudiar en el Conservatorio de Leipzig.
A partir de 1897, Delius se estableció en el idílico pueblo francés de Grez-sur-Loing junto a su esposa, la pintora Jelka Rosen. Allí, adoptando ya el nombre de Frederick, dio vida a sus obras más características, uniendo la tradición posromántica con un impresionismo musical único, marcadamente bucólico y melancólico. De su pluma nacieron partituras tan evocadoras como Al escuchar el primer cuco en primavera (On Hearing the First Cuckoo in Spring), Un paseo por el jardín del paraíso (A Village Romeo and Juliet), y la monumental Misa de la vida (A Mass of Life), inspirada en los textos de Nietzsche. Su música no buscaba la rigidez de la estructura clásica, sino capturar la fugacidad de la naturaleza y las emociones humanas. Una de las anécdotas más curiosas de su catálogo es la suite Florida, un homenaje directo a su época entre naranjos, cuya primera audición privada en Leipzig fue financiada por el propio Delius... ¡ofreciendo un barril de cerveza al director y a la orquesta para que la interpretaran!

Halle Orchestra.
Robert Tear (Tenor en la pieza nº 3).
Sir John Barbirolli, director.

La vida de Delius dio un giro trágico en sus últimas décadas debido a la sífilis que había contraído en su juventud. La enfermedad lo dejó progresivamente ciego y paralítico, amenazando con silenciar su música para siempre. Fue entonces cuando ocurrió uno de los episodios más conmovedores de la historia de la música: un joven músico inglés llamado Eric Fenby, conmovido por la situación del maestro, se ofreció voluntariamente a mudarse a Francia para trabajar como su amanuense. Mediante un titánico y paciente sistema de dictado —donde Delius silbaba o tarareaba las notas desde su silla de ruedas y Fenby las transcribía al pentagrama— el compositor pudo terminar obras maestras tardías como A Song of Summer. Tras años de reclusión creativa, Frederick Delius falleció en su amado retiro de Grez-sur-Loing el 10 de junio de 1934, dejando tras de sí un legado musical que, al igual que el aroma de los naranjos de su juventud, permanece suspendido en el tiempo de manera suspendida y eterna.

9 jun 2026

El Filósofo del Piano

Claudio Arrau León nació el 6 de febrero de 1903 en Chillán, Chile,  mostrando un talento tan extraordinario y precoz que a los cinco años ofreció su primer recital público y a los seis tocó ante el presidente de la República. Considerado un niño prodigio de características casi milagrosas, el gobierno chileno le otorgó una beca para estudiar en Berlín con Martin Krause, quien había sido uno de los últimos alumnos de Franz Liszt. Krause no solo formó su técnica basándola en la relajación muscular y el peso del cuerpo —evitando la rigidez—, sino que se convirtió en su mentor vital; por ello, su muerte en 1918 dejó al joven Arrau en una profunda crisis existencial y financiera. Logró superarla gracias a su madurez y a una intensa terapia con el psicoanalista Abrahamson, una experiencia que el propio pianista consideraba fundamental para liberar su potencial creativo y desarrollar una aproximación intelectual y espiritual a la música. A partir de los años veinte, su carrera despegó de manera imparable en Europa, consolidándose tras mudarse a Estados Unidos en los años cuarenta debido a la Segunda Guerra Mundial, desde donde proyectó una de las trayectorias estelares más longevas y respetadas de la historia del piano.

Beethoven-Schumann-Schönberg.

A lo largo de su dilatada carrera, Arrau huyó sistemáticamente del virtuosismo superficial, buscando siempre la verdad interna de cada partitura a través de un sonido denso, profundo y lleno de matices. Esta filosofía quedó plasmada en un catálogo discográfico legendario, principalmente bajo el sello Philips, donde sus grabaciones se convirtieron en auténticas referencias absolutas. Entre ellas destacan su integral de las Sonatas para piano de Beethoven, considerada una cumbre de la interpretación por su equilibrio entre rigor estructural y hondura dramática, y sus lecturas de los Nocturnos y Estudios de Chopin, donde el lirismo se tiñe de una nobleza aristocrática alejada de cualquier sentimentalismo. 

Frédéric Chopin "Valses Op. 34".

Asimismo, sus interpretaciones de la Sonata en si menor de Liszt, del Carnaval de Schumann y de las obras maduras de Brahms y Schubert siguen siendo el espejo en el que se miran las generaciones posteriores de pianistas.

Brahms-Schubert.

Detrás de su imponente presencia en el escenario y su seriedad intelectual, Arrau albergaba una personalidad fascinante y algunas peculiaridades memorables. Era un lector voraz y un apasionado coleccionista de arte precolombino, pero una de sus facetas más curiosas era su amor por los felinos: llegó a declarar que se sentía profundamente identificado con los gatos, admirando su elegancia y su independencia, cualidades que de algún modo intentaba trasladar a su forma de estar en el mundo. Además, se cuenta como una entrañable anécdota que, a pesar de poseer una de las mentes musicales más analíticas del siglo, era un hombre extraordinariamente supersticioso con ciertos rituales antes de salir a tocar, y poseía una timidez tan reverencial hacia el público que el escenario siempre le impuso un respeto sagrado, independientemente de las miles de veces que lo pisara.

Ludwig van Beethoven "Sonata para piano n.º 7 en re mayor, Op. 10 n.º 3".

Arrau entendía su oficio no como un lucimiento personal, sino como un sacerdocio. En sus propias palabras, solía definir el acto interpretativo desde una perspectiva casi mística:
"El pianista debe ser un canalizador de las fuerzas del universo. Cuando toco, no soy yo quien toca; es algo que pasa a través de mí".
Esta entrega absoluta se reflejaba en su concepción del aprendizaje continuo, afirmando que "en la música, el día que crees que ya no tienes nada que aprender, estás muerto". Para él, el sonido no era un elemento físico, sino el vehículo de una idea superior, algo que resumió magistralmente al decir:
"La música es la expresión de lo inefable, aquello que no se puede decir con palabras pero que es imposible mantener en silencio".

Franz Liszt"Jeux d'eau a la villa d'Este".

El maestro continuó tocando prácticamente hasta el final de sus días, manteniendo una disciplina de estudio de varias horas diarias incluso octogenario. El destino quiso que su viaje terminara en Europa, la tierra que lo vio formarse: Claudio Arrau falleció el 9 de junio de 1991 en Mürzzuschlag, Austria, a los 88 años, debido a las complicaciones de una cirugía intestinal de urgencia mientras se encontraba en medio de una gira de conciertos. Siguiendo su expreso deseo, sus restos fueron repatriados a Chile y descansan en el cementerio de su Chillán natal, cerrando el círculo de una vida dedicada por entero a la búsqueda de la belleza y la trascendencia a través del teclado.