Si la batuta de un director de orquesta fuera una varita mágica, la de Gennadi Rozhdestvensky habría sido la más impredecible, audaz y longeva del siglo XX. Nacido en Moscú el 4 de mayo de 1931 y fallecido en la misma ciudad el 16 de junio de 2018, este gigante de la música no solo fue uno de los directores más prolíficos de la historia (con más de ochocientas grabaciones a sus espaldas), sino un artista con una personalidad desbordante que supo surfear las peligrosas aguas de la censura soviética armado con un talento inconmensurable y una ironía corrosiva.
Dmitri Shostakovich - Johann Strauss II.
La música corría por sus venas de forma literal. Hijo del célebre director de orquesta Nikolai Anosov y de la soprano Natalya Rozhdestvenskaya, el joven Gennadi decidió adoptar el apellido de su madre para hacer su propio camino y evitar que lo acusaran de nepotismo. Su talento era tan evidente que en 1951, con apenas veinte años y siendo todavía un estudiante en el Conservatorio de Moscú, debutó en el mismísimo Teatro Bolshói dirigiendo nada menos que El cascanueces de Tchaikovsky.
Chaikovski-Shostakovich-Stravinski
A partir de ese momento, su ascenso fue meteórico. Rozhdestvensky se convirtió en el gran defensor de la música de su tiempo; fue el hombre de confianza de compositores de la talla de Dmitri Shostakovich y Serguéi Prokófiev, y se atrevió a estrenar en la Unión Soviética obras de compositores occidentales prohibidos o mirados con lupa por el régimen, como Igor Stravinsky o Benjamin Britten, desafiando constantemente a los burócratas del Ministerio de Cultura.
Prokófiev-Britten.
Pero si algo hacía único a Rozhdestvensky, más allá de su oído absoluto, era su heterodoxa forma de dirigir. Odiaba los ensayos eternos y tediosos. Poseía una técnica de brazos tan sumamente clara y expresiva que las orquestas le entendían todo al primer vistazo. Se decía que era capaz de salvar cualquier desastre en pleno concierto con un solo movimiento de muñeca o levantando una ceja. Su magnetismo era tal que, en la década de los setenta, las autoridades soviéticas —en un inusual arrebato de flexibilidad— le permitieron convertirse en el primer director de la URSS en asumir la titularidad de orquestas extranjeras occidentales, como la Orquesta Sinfónica de la BBC o la Sinfónica de la de Viena, tendiendo puentes culturales en plena Guerra Frio.
Haydn-Saint-Saëns-Elgar.
Detrás de su imponente presencia física y sus gafas de pasta, se escondía un hombre refinado, coleccionista de libros antiguos y poseedor de un humor típicamente ruso: negro, inteligente y mordaz. En los ensayos, en lugar de gritar a los músicos, lanzaba comentarios irónicos que congelaban la sangre pero resultaban infalibles. En una ocasión, ante una sección de violines que tocaba sin ninguna emoción, se detuvo y les dijo con calma: "Por favor, toquen como si les hubieran subido el sueldo". Su vida personal estuvo marcada por una hermosa alianza musical y sentimental con la virtuosa pianista Viktoria Póstnikova, con quien se casó en 1969. Juntos recorrieron el mundo ofreciendo conciertos memorables, formando un tándem inseparable tanto en el escenario como en su vida privada.
Piotr Ilich Chaikovski "Concierto para piano nº 2 en Sol mayor, Op. 44"
Viktoria Postnikova, piano.
Wiener Symphoniker.
Gennadi Rozhdestvensky, director.
El legado que dejó al bajarse definitivamente del podio a los ochenta y siete años es inabarcable. Entre sus hitos interpretativos más significativos se encuentra la grabación integral de las quince sinfonías de Shostakovich (un documento histórico imprescindible), el rescate y estreno de la monumental ópera La nariz del mismo compositor, y sus vibrantes lecturas de los grandes ballets de Prokófiev como Romeo y Julieta o Cenicienta.
Serguéi Prokófiev "Cenicienta, Op. 47"
Orquesta Sinfónica de Radio y Televisión de la URSS.
Gennadi Rozhdestvensky, director.
Rozhdestvensky no buscaba la perfección milimétrica y fría, sino la chispa, el drama y la verdad oculta tras las notas. Cuando el 16 de junio de 2018 su batuta se silenció para siempre en Moscú, el mundo de la música no solo perdió a uno de los últimos directores de la vieja escuela rusa, sino al maestro que demostró que se podía gobernar a cien músicos armados con instrumentos usando, únicamente, el poder de la inteligencia y una sonrisa cómplice.