La vida de Georges Bizet es una de las más fascinantes y, a la vez, trágicas de la historia de la música. Fue un genio que rozó la gloria con las manos, pero que murió justo antes de saber que había cambiado la ópera para siempre. Nació en París el 25 de octubre de 1838, bautizado originalmente como Alexandre César Léopold Bizet, aunque su familia siempre prefirió llamarlo Georges, el nombre que pasaría a la posteridad. Desde la cuna respiró música; su padre era profesor de canto y su madre una talentosa pianista que le enseñó las primeras notas. El pequeño Georges resultó ser un niño prodigio tan evidente que el prestigioso Conservatorio de París hizo la vista gorda con sus normas y lo admitió a los nueve años, saltándose el límite de edad exigido. Allí demostró una habilidad al piano descomunal; de hecho, el mismísimo Franz Liszt, tras ver al joven Bizet leer a primera vista y de manera impecable una partitura complejísima del propio maestro húngaro, declaró asombrado que Bizet era uno de los tres mejores pianistas de Europa. A los diecisiete años, en una muestra de madurez pasmosa, compuso su Sinfonía en do mayor, una obra desbordante de frescura que, curiosamente, permaneció olvidada en los archivos del Conservatorio y no se estrenó hasta la década de 1930.
"Sinfonía en Do mayor"
Royal Concertgebouw Orchestra.
Bernard Haitink, director.
Poco después, en 1857, se alzó con el ansiado Premio de Roma, el galardón más alto para un joven compositor francés, lo que le permitió pasar tres años idílicos en Italia inspirándose y puliendo su estilo. A su regreso a París, sin embargo, la realidad fue mucho más dura. El público parisino de la época era sumamente conservador y refractario a las novedades. Para ganarse el sustento, Bizet tuvo que pasar años realizando extenuantes trabajos secundarios, como arreglos comerciales de música ajena y transcripciones para piano que consumían su tiempo y su salud. Aun así, su genialidad seguía brotando. En 1863 estrenó Los pescadores de perlas (Les pêcheurs de perles), ambientada en el exótico Ceilán. Aunque la crítica inicial fue tibia, la obra nos legó uno de los dúos más bellos e interpretados de toda la historia de la lírica: Au fond du temple saint.
"Los Pescadores de Perlas_Au fond du temple saint"
Jussi Björling y Robert Merrill.
Más tarde, en 1872, compuso la música incidental para la obra teatral La arlesiana (L'Arlésienne) de Alphonse Daudet, cuyas suites orquestales capturan de manera magistral la luz y el folklore de la Provenza francesa.
"La Arlesiana"
Orquesta de Cleveland.
Lorin Maazel, director.
El destino de Bizet quedaría sellado con su obra cumbre: Carmen. Basada en la novela de Prosper Mérimée, la ópera rompía con todos los moldes establecidos al llevar al escenario a personajes de las clases populares —cigarreras, contrabandistas y toreros— guiados por pasiones descarnadas, celos y una libertad individual innegociable. Lo curioso es que, para componer una de las músicas con mayor sabor español de todos los tiempos, Bizet jamás pisó España; le bastó con investigar en la biblioteca del Conservatorio de París. De hecho, la famosa Habanera (L'amour est un oiseau rebelle) esconde una anécdota singular: Bizet adaptó una melodía creyendo que era una canción folclórica anónima, pero cuando le advirtieron que en realidad pertenecía al compositor español Sebastián Iradier (El arreglito), tuvo que añadir una nota de agradecimiento en la partitura oficial. El estreno de Carmen el 3 de marzo de 1875 en la Opéra-Comique fue un absoluto desastre. El público y la crítica se escandalizaron ante la crudeza de la trama y la moral de la protagonista. Se llegó a calificar la música de "extraña" y el ambiente de "pestilente".
"Carmen"
L’orchestre et les choeurs de l’Opéra National de Paris.
Direction musicale: Frédéric Chaslin.
Bizet, que ya sufría de una salud frágil agravada por anginas crónicas y una profunda depresión por el rechazo a su obra, abandonó el teatro destrozado, vagando por las calles de París durante la noche. Tres meses después del estreno, el 3 de junio de 1875, Georges Bizet fallecía en Bougival a causa de un ataque cardíaco, con tan solo 36 años. Existe una dramática coincidencia que los amantes de lo esotérico suelen recordar: la noche de su muerte, justo en el momento en que el compositor expiraba, la soprano que interpretaba a Carmen en París se sintió indispuesta en el escenario al cantar la escena de las cartas, aquella donde el personaje lee su propio destino trágico y fatal. Bizet murió convencido de haber fracasado por completo. No llegó a ver cómo, apenas unos meses más tarde, compositores de la talla de Chaikovski, Brahms y Wagner declaraban a Carmen una obra maestra absoluta, iniciando así su camino para convertirse en la ópera más famosa, representada y querida de todos los tiempos.