19 jun 2026

El eco melancólico de la Toscana

Italia. Finales del siglo XIX. La ópera está dominada por el gigantesco Giuseppe Verdi y, al mismo tiempo, una nueva corriente cruda y pasional llamada verismo (con Puccini, Mascagni y Leoncavallo) empieza a empujar con fuerza. En medio de este choque de trenes musicales se encuentra Alfredo Catalani, un compositor con una sensibilidad única, atrapado entre la tradición de su país y su fascinación por el misticismo alemán de Richard Wagner. Su vida fue breve, intensa y marcada por una melancolía que se trasladó directamente a sus partituras.

"Misa en Mi menor"
Capella Santa Cecilia della Cattedrale di Lucca.
Orchestra lirico sinfonica del Teatro del Giglio di Lucca.
Gianfranco Cosmi, director.
 
Alfredo Catalani nació el 19 de junio de 1854 en Lucca, una ciudad de la Toscana con una inmensa tradición musical (curiosamente, la misma ciudad natal de Giacomo Puccini). De familia de músicos, Catalani demostró un talento precoz. Tras iniciar sus estudios en su ciudad natal, se mudó a París y luego al Conservatorio de Milán. A diferencia de sus contemporáneos italianos, que buscaban el drama popular y directo en las calles, Catalani se sentía irremediablemente atraído por las leyendas nórdicas, las brumas del río Rin y los mundos fantásticos. Esto se notó enseguida en sus primeras obras importantes, como Elda (1880) y, muy especialmente, Loreley (1890), una ópera envuelta en romanticismo fantástico que narra la historia de la mítica ondina del Rin. 

Loreley_Danza Delle Ondine.
London Symphony Orchestra.
Richard Bonynge, director.

El punto culminante de su carrera llegó en 1892 con el estreno de su obra maestra absoluta: La Wally. Ambientada en los Alpes tiroleses, la ópera cuenta la historia de una mujer fuerte e independiente que prefiere enfrentarse a la nieve antes que casarse por obligación. Es en esta obra donde brilla su página más inmortal, el aria "Ebben? Ne andrò lontana" (¿Y bien? Me iré lejos), una pieza de una belleza desgarradora que seguro has escuchado alguna vez (y que el cine popularizó magistralmente en la película de culto Diva de 1981). 

"La Wally_¿Y bien?... Me iré lejos"
Maria Callas, soprano.
Philharmonia Orchestra.
Tullio Serafin, director.

Sin embargo, la vida no se lo puso fácil. Catalani y Puccini mantuvieron una rivalidad silenciosa pero tensa. Compartían la misma ciudad natal, el mismo editor (el poderoso Giulio Ricordi) y el mismo mercado. Ricordi, un lince para los negocios, apostó fuertemente por Puccini, dejando a Catalani a menudo en un segundo plano, algo que amargaba al compositor. Catalani llegó a escribir en una carta a un amigo, reflejando su frustración con el enfoque comercial de la época: "Hoy en día, en Italia, si no escribes música con un puñal en la mano o sangre en el escenario, parece que no estás haciendo verdadera ópera. Si Ricordi no le daba todo el apoyo, Catalani encontró a su mayor aliado en el legendario director de orquesta Arturo Toscanini. Toscanini consideraba que Catalani era un genio incomprendido, con una orquestación muy superior a la de muchos de sus rivales. De hecho, la conexión de Toscanini con la música de Catalani era tan profunda y personal que bautizó a su propia hija con el nombre de Wally, en honor a la heroína de la ópera del compositor. 

"La Wally_Acto IV Preludio"
 NBC Symphony Orchestra.
Arturo Toscanini, director.

Por desgracia, el destino cortó las alas de Catalani cuando estaba en su madurez creativa. Aquejado de tuberculosis desde hacía años, una violenta hemoptisis (sangrado pulmonar) acabó con su vida en Milán el 7 de agosto de 1893, con tan solo 39 años. Murió joven, sin llegar a ver el cambio de siglo, pero dejó un legado de óperas bellas, refinadas y de una atmósfera poética inolvidable que demostraron que en la Italia del siglo XIX también había espacio para el misterio y la ensoñación.

16 jun 2026

Ochocientos discos y una ceja levantada

Si la batuta de un director de orquesta fuera una varita mágica, la de Gennadi Rozhdestvensky habría sido la más impredecible, audaz y longeva del siglo XX. Nacido en Moscú el 4 de mayo de 1931 y fallecido en la misma ciudad el 16 de junio de 2018, este gigante de la música no solo fue uno de los directores más prolíficos de la historia (con más de ochocientas grabaciones a sus espaldas), sino un artista con una personalidad desbordante que supo surfear las peligrosas aguas de la censura soviética armado con un talento inconmensurable y una ironía corrosiva.

Dmitri Shostakovich - Johann Strauss II.

La música corría por sus venas de forma literal. Hijo del célebre director de orquesta Nikolai Anosov y de la soprano Natalya Rozhdestvenskaya, el joven Gennadi decidió adoptar el apellido de su madre para hacer su propio camino y evitar que lo acusaran de nepotismo. Su talento era tan evidente que en 1951, con apenas veinte años y siendo todavía un estudiante en el Conservatorio de Moscú, debutó en el mismísimo Teatro Bolshói dirigiendo nada menos que El cascanueces de Tchaikovsky. 

Chaikovski-Shostakovich-Stravinski

A partir de ese momento, su ascenso fue meteórico. Rozhdestvensky se convirtió en el gran defensor de la música de su tiempo; fue el hombre de confianza de compositores de la talla de Dmitri Shostakovich y Serguéi Prokófiev, y se atrevió a estrenar en la Unión Soviética obras de compositores occidentales prohibidos o mirados con lupa por el régimen, como Igor Stravinsky o Benjamin Britten, desafiando constantemente a los burócratas del Ministerio de Cultura.

Prokófiev-Britten.

Pero si algo hacía único a Rozhdestvensky, más allá de su oído absoluto, era su heterodoxa forma de dirigir. Odiaba los ensayos eternos y tediosos. Poseía una técnica de brazos tan sumamente clara y expresiva que las orquestas le entendían todo al primer vistazo. Se decía que era capaz de salvar cualquier desastre en pleno concierto con un solo movimiento de muñeca o levantando una ceja. Su magnetismo era tal que, en la década de los setenta, las autoridades soviéticas —en un inusual arrebato de flexibilidad— le permitieron convertirse en el primer director de la URSS en asumir la titularidad de orquestas extranjeras occidentales, como la Orquesta Sinfónica de la BBC o la Sinfónica de la de Viena, tendiendo puentes culturales en plena Guerra Frio.

Haydn-Saint-Saëns-Elgar.

Detrás de su imponente presencia física y sus gafas de pasta, se escondía un hombre refinado, coleccionista de libros antiguos y poseedor de un humor típicamente ruso: negro, inteligente y mordaz. En los ensayos, en lugar de gritar a los músicos, lanzaba comentarios irónicos que congelaban la sangre pero resultaban infalibles. En una ocasión, ante una sección de violines que tocaba sin ninguna emoción, se detuvo y les dijo con calma: "Por favor, toquen como si les hubieran subido el sueldo". Su vida personal estuvo marcada por una hermosa alianza musical y sentimental con la virtuosa pianista Viktoria Póstnikova, con quien se casó en 1969. Juntos recorrieron el mundo ofreciendo conciertos memorables, formando un tándem inseparable tanto en el escenario como en su vida privada.

Piotr Ilich Chaikovski "Concierto para piano nº 2 en Sol mayor, Op. 44"
Viktoria Postnikova, piano.
Wiener Symphoniker.
Gennadi Rozhdestvensky, director.

El legado que dejó al bajarse definitivamente del podio a los ochenta y siete años es inabarcable. Entre sus hitos interpretativos más significativos se encuentra la grabación integral de las quince sinfonías de Shostakovich (un documento histórico imprescindible), el rescate y estreno de la monumental ópera La nariz del mismo compositor, y sus vibrantes lecturas de los grandes ballets de Prokófiev como Romeo y Julieta o Cenicienta.

Serguéi Prokófiev "Cenicienta, Op. 47"
Orquesta Sinfónica de Radio y Televisión de la URSS.
Gennadi Rozhdestvensky, director.

Rozhdestvensky no buscaba la perfección milimétrica y fría, sino la chispa, el drama y la verdad oculta tras las notas. Cuando el 16 de junio de 2018 su batuta se silenció para siempre en Moscú, el mundo de la música no solo perdió a uno de los últimos directores de la vieja escuela rusa, sino al maestro que demostró que se podía gobernar a cien músicos armados con instrumentos usando, únicamente, el poder de la inteligencia y una sonrisa cómplice.

15 jun 2026

El Sonido de los Fiordos Noruegos

Si cierras los ojos y piensas en el amanecer en un fiordo noruego, con la niebla disipándose sobre las aguas heladas y el sol emergiendo entre las montañas, ya estás escuchando a Edvard Grieg. Nacido en Bergen el 15 de junio de 1843 y fallecido en la misma ciudad el 4 de septiembre de 1907, Grieg no fue un compositor de grandes sinfonías atronadoras ni de óperas escandalosas, sino el maestro de las distancias cortas, el hombre que logró encapsular el alma, los mitos y los paisajes de toda una nación en partituras de una belleza íntima y mágica.

"Danzas Noruegas, Op. 35"
Iceland Symphony Orchestra.
Petri Sakari, director.

A diferencia de otros genios que mostraron su talento desde la cuna, la infancia musical de Edvard fue un tanto accidentada. Su madre, una excelente pianista, intentó enseñarle el instrumento desde los seis años con una disciplina tan estricta que el pequeño llegó a aborrecer las lecciones. En el colegio tampoco le iba mejor; odiaba la rigidez de las aulas y llegó a descubrir un truco infalible: se ponía deliberadamente bajo la lluvia de camino a la escuela para que los profesores, compadecidos al verlo empapado, lo mandaran de vuelta a casa. Sin embargo, su destino cambió por completo a los quince años, cuando el legendario violinista noruego Ole Bull escuchó algunas de sus composiciones adolescentes. Bull se volvió hacia los padres del chico y les dijo con severidad: "Este muchacho debe ir a Leipzig inmediatamente para convertirse en músico". Y así, el joven Grieg fue enviado al prestigioso conservatorio alemán, donde se formó en la más pura tradición romántica, aunque siempre arrastró una salud frágil debido a una pleuresía que le costó la pérdida funcional de su pulmón izquierdo para el resto de su vida.

"Piezas Piano, Op. 1"
Eva Knardahl, piano.

El verdadero viaje de Grieg comenzó cuando regresó a Escandinavia y descubrió la riqueza de la música folclórica de su país. Decidió que no quería ser un compositor alemán más; quería que Noruega tuviera su propia voz. En este camino encontró a su musa definitiva: su prima hermana, la soprano Nina Hagerup. A pesar de la rotunda oposición de sus familias por el parentesco, se casaron en 1867. Nina no solo fue su esposa, sino la intérprete ideal de sus canciones; Grieg solía decir que nadie lograba entender y transmitir sus melodías como ella. La consagración internacional le llegó muy pronto, en 1868, con su célebre Concierto para piano en la menor, una obra rebosante de frescura y energía juvenil cuyo torrencial inicio es, todavía hoy, uno de los más famosos de la historia de la música, y que llegó a arrancar los elogios entusiastas del mismísimo Franz Liszt.

"Concierto para Piano en La menor, Op. 16"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.
New Philharmonia Orchestra.
Rafael Frühbeck de Burgos, director.

Pero la obra que lo inmortalizaría a nivel popular nació de una colaboración con el gran dramaturgo Henrik Ibsen. En 1874, Ibsen le pidió que compusiera la música incidental para su drama teatral Peer Gynt. Aunque Grieg aceptó el encargo por dinero, la tarea le resultó un dolor de cabeza, ya que consideraba que el protagonista era un personaje cínico y poco musical. 

"Peer Gynt_Suite nº.1, Op. 46"
Berliner Philharmoniker.
Herbert von Karajan, director.

Sin embargo, de ese esfuerzo nacieron en 1875 dos de las piezas más universales de la cultura occidental: la bellísima e hipnótica La mañana y la frenética En la gruta del rey de la montaña, donde el ritmo obsesivo de los violonchelos y los fagotes recrea la angustiosa huida del protagonista perseguido por una horda de troles y duendes traviesos. Más tarde, el propio compositor seleccionaría lo mejor de esta música para dar forma a sus famosas Suites n.º 1 y n.º 2.

"Peer Gynt_Suite nº. 2, Op. 55"
Philadelphia Orchestra.
Eugene Ormandy, director.

Detrás del genio aclamado en toda Europa, que apenas medía un metro y cincuenta y dos centímetros y caminaba ligeramente encorvado debido a su problema pulmonar, había un hombre de costumbres entrañables y firmes convicciones. Construyó su hogar, una hermosa villa llamada Troldhaugen (La colina de los troles), a las afueras de Bergen. Allí, para no ser molestado por las visitas, se mandó edificar una diminuta cabaña de madera frente al fiordo, equipada solo con un piano, una estufa y un diván. En la banqueta del piano colocaba un grueso libro de partituras de Beethoven para poder alcanzar las teclas con comodidad debido a su baja estatura. Además, Grieg tenía una superstición encantadora: siempre llevaba en el bolsillo de su abrigo un pequeño trol de goma y una rana de la suerte. Antes de salir al escenario a dirigir o tocar, les daba un cariñoso golpecito en la cabeza para ahuyentar el miedo escénico.

"Suite Holberg, Op. 40"
Berliner Philharmoniker.
Herbert von Karajan, director.

A pesar de su éxito internacional y de recibir honores en todas partes, Grieg prefirió la sencillez de su tierra y el cariño de sus paisanos. Su música madura siguió regalando joyas como la suite Holberg en 1884, un elegante homenaje al pasado con un toque moderno, o sus cuadernos de Piezas líricas para piano, que componía año tras año como si fueran un diario personal. 

"Piezas Líricas, Op. 57"
Sviatoslav Richter, piano.

El 4 de septiembre de 1907, su debilitado cuerpo dijo basta a los sesenta y cuatro años. Su muerte conmocionó a toda Noruega; entre treinta mil y cuarenta mil personas salieron a las calles de Bergen para despedir a su héroe nacional mientras sonaba una marcha fúnebre que él mismo había compuesto. Cumpliendo sus deseos, sus cenizas y las de su amada Nina fueron depositadas en una tumba excavada directamente en la roca de un acantilado de su querida Troldhaugen, mirando eternamente hacia las aguas del fiordo que tantas veces le inspiraron.

"Dos Melodías Elegíacas, Op 34_Última primavera"
The Trondheim Soloists.
Bjarne Fiskum, director.