22 jun 2026

De los cafés de París a las calles de Río

Si el mundo de la música clásica de principios del siglo XX fuera un lienzo en blanco, Darius Milhaud se habría encargado de salpicarlo con todos los colores posibles a la vez. Mientras otros compositores se refugiaban en la melancolía o en la rigidez académica, Milhaud compuso con una alegría de vivir contagiosa, una curiosidad inagotable y una velocidad asombrosa. Fue un viajero incansable que unió el folclore de Brasil, el jazz de Harlem y las tradiciones de su Provenza natal en una de las obras más vastas y fascinantes de la historia de la música.
Darius Milhaud nació en Marsella el 4 de septiembre de 1892 en el seno de una próspera familia judía de origen provenzal. Tras formarse en el Conservatorio de París, su vida dio un vuelco fundamental cuando se unió al grupo conocido como Les Six (Los Seis), un colectivo de jóvenes creadores apadrinados por el polifacético Jean Cocteau.
Su manifiesto era claro: había que acabar con el impresionismo etéreo de Debussy y la densidad germánica de Wagner. Querían una música directa, cotidiana, que oliera a circo, a music-hall y a las calles de París. Y Milhaud se convirtió en uno de sus motores principales.
En 1917, en plena Primera Guerra Mundial, el diplomático y poeta Paul Claudel lo nombró su secretario y se lo llevó a Río de Janeiro. Ese viaje cambió la música de Milhaud para siempre. El compositor se quedó fascinado por el ritmo sincopado del tango brasileño y la música popular de las calles cariocas.
Al regresar a Europa, transformó esos recuerdos en una de sus obras más divertidas y características: Le Bœuf sur le toit (El buey sobre el tejado, 1820), un ballet delirante que es una auténtica fiesta de ritmos sudamericanos.

"El buey en el tejado, op. 58"
Orchestre National de France.
Leonard Bernstein, director.

Poco después, tras un viaje a Estados Unidos donde descubrió el jazz auténtico en los clubes de Harlem, compuso otra de sus obras maestras absolutas: el ballet La Création du monde (La creación del mundo, 1923), donde fusionó por primera vez la instrumentación del jazz con la música de concierto clásica.
Técnicamente, Milhaud pasó a la historia por dominar la politonalidad (hacer sonar varias tonalidades o claves musicales diferentes al mismo tiempo). Lejos de sonar caótico, él lograba que sonara natural, fresco y sorprendentemente armonioso.

"La Creación del Mundo, Op. 81"
Orchestre National de France.
Leonard Bernstein, director.

Milhaud era un creador de una fertilidad legendaria; compuso más de 400 obras a lo largo de su vida. Escribía en cualquier parte: trenes, barcos, hoteles. Se cuenta una anécdota divertidísima que refleja su obsesión por no perder el tiempo. En una ocasión, mientras viajaba en tren por Estados Unidos, un pasajero lo reconoció y se quedó asombrado al ver la velocidad con la que Milhaud llenaba pentagramas sobre sus rodillas. El hombre, fascinado por el ritmo mecánico de sus manos, se le acercó y le dijo:
— Perdone, señor Milhaud... usted no compone música, ¡usted la fabrica en una cadena de montaje como los coches de Henry Ford!
A lo que Milhaud, lejos de ofenderse, respondió con una sonrisa provenzal:
— ¡Exacto! Y afortunadamente, mis modelos cambian todos los años.
Incluso en sus últimos años, cuando una grave artritis reumatoide lo confinó a una silla de ruedas, jamás dejó de componer ni un solo día, dictando las notas o adaptando su mesa de trabajo. Decía con humor:
"Mi cuerpo está encadenado a una silla, pero mi mente sigue viajando a Río de Janeiro cada vez que cojo un lápiz."

"La cheminée du roi René," Op. 205"
Ensemble: Les Vents Français.

La Segunda Guerra Mundial obligó a Milhaud y a su familia a huir de la ocupación nazi en Francia debido a sus orígenes judíos. Se trasladaron a Estados Unidos, donde encontró un hogar en el Mills College de Oakland, California. Allí se convirtió en un profesor legendario, influyendo a generaciones enteras de músicos que iban desde la música clásica hasta el jazz experimental, incluyendo al célebre pianista Dave Brubeck (quien siempre reconoció que su famoso uso de ritmos complejos nació de las clases con el maestro francés).
Tras la guerra, Milhaud alternó su vida entre América y su amada Francia. Finalmente, este viajero incansable de la música falleció en Ginebra, Suiza, el 22 de junio de 1974 a los 81 años. Dejó tras de sí un catálogo descomunal y el recuerdo de un hombre que, por encima de todo, creía que la música debía ser una celebración de la vida.

19 jun 2026

El eco melancólico de la Toscana

Italia. Finales del siglo XIX. La ópera está dominada por el gigantesco Giuseppe Verdi y, al mismo tiempo, una nueva corriente cruda y pasional llamada verismo (con Puccini, Mascagni y Leoncavallo) empieza a empujar con fuerza. En medio de este choque de trenes musicales se encuentra Alfredo Catalani, un compositor con una sensibilidad única, atrapado entre la tradición de su país y su fascinación por el misticismo alemán de Richard Wagner. Su vida fue breve, intensa y marcada por una melancolía que se trasladó directamente a sus partituras.

"Misa en Mi menor"
Capella Santa Cecilia della Cattedrale di Lucca.
Orchestra lirico sinfonica del Teatro del Giglio di Lucca.
Gianfranco Cosmi, director.
 
Alfredo Catalani nació el 19 de junio de 1854 en Lucca, una ciudad de la Toscana con una inmensa tradición musical (curiosamente, la misma ciudad natal de Giacomo Puccini). De familia de músicos, Catalani demostró un talento precoz. Tras iniciar sus estudios en su ciudad natal, se mudó a París y luego al Conservatorio de Milán. A diferencia de sus contemporáneos italianos, que buscaban el drama popular y directo en las calles, Catalani se sentía irremediablemente atraído por las leyendas nórdicas, las brumas del río Rin y los mundos fantásticos. Esto se notó enseguida en sus primeras obras importantes, como Elda (1880) y, muy especialmente, Loreley (1890), una ópera envuelta en romanticismo fantástico que narra la historia de la mítica ondina del Rin. 

Loreley_Danza Delle Ondine.
London Symphony Orchestra.
Richard Bonynge, director.

El punto culminante de su carrera llegó en 1892 con el estreno de su obra maestra absoluta: La Wally. Ambientada en los Alpes tiroleses, la ópera cuenta la historia de una mujer fuerte e independiente que prefiere enfrentarse a la nieve antes que casarse por obligación. Es en esta obra donde brilla su página más inmortal, el aria "Ebben? Ne andrò lontana" (¿Y bien? Me iré lejos), una pieza de una belleza desgarradora que seguro has escuchado alguna vez (y que el cine popularizó magistralmente en la película de culto Diva de 1981). 

"La Wally_¿Y bien?... Me iré lejos"
Maria Callas, soprano.
Philharmonia Orchestra.
Tullio Serafin, director.

Sin embargo, la vida no se lo puso fácil. Catalani y Puccini mantuvieron una rivalidad silenciosa pero tensa. Compartían la misma ciudad natal, el mismo editor (el poderoso Giulio Ricordi) y el mismo mercado. Ricordi, un lince para los negocios, apostó fuertemente por Puccini, dejando a Catalani a menudo en un segundo plano, algo que amargaba al compositor. Catalani llegó a escribir en una carta a un amigo, reflejando su frustración con el enfoque comercial de la época: "Hoy en día, en Italia, si no escribes música con un puñal en la mano o sangre en el escenario, parece que no estás haciendo verdadera ópera. Si Ricordi no le daba todo el apoyo, Catalani encontró a su mayor aliado en el legendario director de orquesta Arturo Toscanini. Toscanini consideraba que Catalani era un genio incomprendido, con una orquestación muy superior a la de muchos de sus rivales. De hecho, la conexión de Toscanini con la música de Catalani era tan profunda y personal que bautizó a su propia hija con el nombre de Wally, en honor a la heroína de la ópera del compositor. 

"La Wally_Acto IV Preludio"
 NBC Symphony Orchestra.
Arturo Toscanini, director.

Por desgracia, el destino cortó las alas de Catalani cuando estaba en su madurez creativa. Aquejado de tuberculosis desde hacía años, una violenta hemoptisis (sangrado pulmonar) acabó con su vida en Milán el 7 de agosto de 1893, con tan solo 39 años. Murió joven, sin llegar a ver el cambio de siglo, pero dejó un legado de óperas bellas, refinadas y de una atmósfera poética inolvidable que demostraron que en la Italia del siglo XIX también había espacio para el misterio y la ensoñación.

16 jun 2026

Ochocientos discos y una ceja levantada

Si la batuta de un director de orquesta fuera una varita mágica, la de Gennadi Rozhdestvensky habría sido la más impredecible, audaz y longeva del siglo XX. Nacido en Moscú el 4 de mayo de 1931 y fallecido en la misma ciudad el 16 de junio de 2018, este gigante de la música no solo fue uno de los directores más prolíficos de la historia (con más de ochocientas grabaciones a sus espaldas), sino un artista con una personalidad desbordante que supo surfear las peligrosas aguas de la censura soviética armado con un talento inconmensurable y una ironía corrosiva.

Dmitri Shostakovich - Johann Strauss II.

La música corría por sus venas de forma literal. Hijo del célebre director de orquesta Nikolai Anosov y de la soprano Natalya Rozhdestvenskaya, el joven Gennadi decidió adoptar el apellido de su madre para hacer su propio camino y evitar que lo acusaran de nepotismo. Su talento era tan evidente que en 1951, con apenas veinte años y siendo todavía un estudiante en el Conservatorio de Moscú, debutó en el mismísimo Teatro Bolshói dirigiendo nada menos que El cascanueces de Tchaikovsky. 

Chaikovski-Shostakovich-Stravinski

A partir de ese momento, su ascenso fue meteórico. Rozhdestvensky se convirtió en el gran defensor de la música de su tiempo; fue el hombre de confianza de compositores de la talla de Dmitri Shostakovich y Serguéi Prokófiev, y se atrevió a estrenar en la Unión Soviética obras de compositores occidentales prohibidos o mirados con lupa por el régimen, como Igor Stravinsky o Benjamin Britten, desafiando constantemente a los burócratas del Ministerio de Cultura.

Prokófiev-Britten.

Pero si algo hacía único a Rozhdestvensky, más allá de su oído absoluto, era su heterodoxa forma de dirigir. Odiaba los ensayos eternos y tediosos. Poseía una técnica de brazos tan sumamente clara y expresiva que las orquestas le entendían todo al primer vistazo. Se decía que era capaz de salvar cualquier desastre en pleno concierto con un solo movimiento de muñeca o levantando una ceja. Su magnetismo era tal que, en la década de los setenta, las autoridades soviéticas —en un inusual arrebato de flexibilidad— le permitieron convertirse en el primer director de la URSS en asumir la titularidad de orquestas extranjeras occidentales, como la Orquesta Sinfónica de la BBC o la Sinfónica de la de Viena, tendiendo puentes culturales en plena Guerra Frio.

Haydn-Saint-Saëns-Elgar.

Detrás de su imponente presencia física y sus gafas de pasta, se escondía un hombre refinado, coleccionista de libros antiguos y poseedor de un humor típicamente ruso: negro, inteligente y mordaz. En los ensayos, en lugar de gritar a los músicos, lanzaba comentarios irónicos que congelaban la sangre pero resultaban infalibles. En una ocasión, ante una sección de violines que tocaba sin ninguna emoción, se detuvo y les dijo con calma: "Por favor, toquen como si les hubieran subido el sueldo". Su vida personal estuvo marcada por una hermosa alianza musical y sentimental con la virtuosa pianista Viktoria Póstnikova, con quien se casó en 1969. Juntos recorrieron el mundo ofreciendo conciertos memorables, formando un tándem inseparable tanto en el escenario como en su vida privada.

Piotr Ilich Chaikovski "Concierto para piano nº 2 en Sol mayor, Op. 44"
Viktoria Postnikova, piano.
Wiener Symphoniker.
Gennadi Rozhdestvensky, director.

El legado que dejó al bajarse definitivamente del podio a los ochenta y siete años es inabarcable. Entre sus hitos interpretativos más significativos se encuentra la grabación integral de las quince sinfonías de Shostakovich (un documento histórico imprescindible), el rescate y estreno de la monumental ópera La nariz del mismo compositor, y sus vibrantes lecturas de los grandes ballets de Prokófiev como Romeo y Julieta o Cenicienta.

Serguéi Prokófiev "Cenicienta, Op. 47"
Orquesta Sinfónica de Radio y Televisión de la URSS.
Gennadi Rozhdestvensky, director.

Rozhdestvensky no buscaba la perfección milimétrica y fría, sino la chispa, el drama y la verdad oculta tras las notas. Cuando el 16 de junio de 2018 su batuta se silenció para siempre en Moscú, el mundo de la música no solo perdió a uno de los últimos directores de la vieja escuela rusa, sino al maestro que demostró que se podía gobernar a cien músicos armados con instrumentos usando, únicamente, el poder de la inteligencia y una sonrisa cómplice.

15 jun 2026

El Sonido de los Fiordos Noruegos

Si cierras los ojos y piensas en el amanecer en un fiordo noruego, con la niebla disipándose sobre las aguas heladas y el sol emergiendo entre las montañas, ya estás escuchando a Edvard Grieg. Nacido en Bergen el 15 de junio de 1843 y fallecido en la misma ciudad el 4 de septiembre de 1907, Grieg no fue un compositor de grandes sinfonías atronadoras ni de óperas escandalosas, sino el maestro de las distancias cortas, el hombre que logró encapsular el alma, los mitos y los paisajes de toda una nación en partituras de una belleza íntima y mágica.

"Danzas Noruegas, Op. 35"
Iceland Symphony Orchestra.
Petri Sakari, director.

A diferencia de otros genios que mostraron su talento desde la cuna, la infancia musical de Edvard fue un tanto accidentada. Su madre, una excelente pianista, intentó enseñarle el instrumento desde los seis años con una disciplina tan estricta que el pequeño llegó a aborrecer las lecciones. En el colegio tampoco le iba mejor; odiaba la rigidez de las aulas y llegó a descubrir un truco infalible: se ponía deliberadamente bajo la lluvia de camino a la escuela para que los profesores, compadecidos al verlo empapado, lo mandaran de vuelta a casa. Sin embargo, su destino cambió por completo a los quince años, cuando el legendario violinista noruego Ole Bull escuchó algunas de sus composiciones adolescentes. Bull se volvió hacia los padres del chico y les dijo con severidad: "Este muchacho debe ir a Leipzig inmediatamente para convertirse en músico". Y así, el joven Grieg fue enviado al prestigioso conservatorio alemán, donde se formó en la más pura tradición romántica, aunque siempre arrastró una salud frágil debido a una pleuresía que le costó la pérdida funcional de su pulmón izquierdo para el resto de su vida.

"Piezas Piano, Op. 1"
Eva Knardahl, piano.

El verdadero viaje de Grieg comenzó cuando regresó a Escandinavia y descubrió la riqueza de la música folclórica de su país. Decidió que no quería ser un compositor alemán más; quería que Noruega tuviera su propia voz. En este camino encontró a su musa definitiva: su prima hermana, la soprano Nina Hagerup. A pesar de la rotunda oposición de sus familias por el parentesco, se casaron en 1867. Nina no solo fue su esposa, sino la intérprete ideal de sus canciones; Grieg solía decir que nadie lograba entender y transmitir sus melodías como ella. La consagración internacional le llegó muy pronto, en 1868, con su célebre Concierto para piano en la menor, una obra rebosante de frescura y energía juvenil cuyo torrencial inicio es, todavía hoy, uno de los más famosos de la historia de la música, y que llegó a arrancar los elogios entusiastas del mismísimo Franz Liszt.

"Concierto para Piano en La menor, Op. 16"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.
New Philharmonia Orchestra.
Rafael Frühbeck de Burgos, director.

Pero la obra que lo inmortalizaría a nivel popular nació de una colaboración con el gran dramaturgo Henrik Ibsen. En 1874, Ibsen le pidió que compusiera la música incidental para su drama teatral Peer Gynt. Aunque Grieg aceptó el encargo por dinero, la tarea le resultó un dolor de cabeza, ya que consideraba que el protagonista era un personaje cínico y poco musical. 

"Peer Gynt_Suite nº.1, Op. 46"
Berliner Philharmoniker.
Herbert von Karajan, director.

Sin embargo, de ese esfuerzo nacieron en 1875 dos de las piezas más universales de la cultura occidental: la bellísima e hipnótica La mañana y la frenética En la gruta del rey de la montaña, donde el ritmo obsesivo de los violonchelos y los fagotes recrea la angustiosa huida del protagonista perseguido por una horda de troles y duendes traviesos. Más tarde, el propio compositor seleccionaría lo mejor de esta música para dar forma a sus famosas Suites n.º 1 y n.º 2.

"Peer Gynt_Suite nº. 2, Op. 55"
Philadelphia Orchestra.
Eugene Ormandy, director.

Detrás del genio aclamado en toda Europa, que apenas medía un metro y cincuenta y dos centímetros y caminaba ligeramente encorvado debido a su problema pulmonar, había un hombre de costumbres entrañables y firmes convicciones. Construyó su hogar, una hermosa villa llamada Troldhaugen (La colina de los troles), a las afueras de Bergen. Allí, para no ser molestado por las visitas, se mandó edificar una diminuta cabaña de madera frente al fiordo, equipada solo con un piano, una estufa y un diván. En la banqueta del piano colocaba un grueso libro de partituras de Beethoven para poder alcanzar las teclas con comodidad debido a su baja estatura. Además, Grieg tenía una superstición encantadora: siempre llevaba en el bolsillo de su abrigo un pequeño trol de goma y una rana de la suerte. Antes de salir al escenario a dirigir o tocar, les daba un cariñoso golpecito en la cabeza para ahuyentar el miedo escénico.

"Suite Holberg, Op. 40"
Berliner Philharmoniker.
Herbert von Karajan, director.

A pesar de su éxito internacional y de recibir honores en todas partes, Grieg prefirió la sencillez de su tierra y el cariño de sus paisanos. Su música madura siguió regalando joyas como la suite Holberg en 1884, un elegante homenaje al pasado con un toque moderno, o sus cuadernos de Piezas líricas para piano, que componía año tras año como si fueran un diario personal. 

"Piezas Líricas, Op. 57"
Sviatoslav Richter, piano.

El 4 de septiembre de 1907, su debilitado cuerpo dijo basta a los sesenta y cuatro años. Su muerte conmocionó a toda Noruega; entre treinta mil y cuarenta mil personas salieron a las calles de Bergen para despedir a su héroe nacional mientras sonaba una marcha fúnebre que él mismo había compuesto. Cumpliendo sus deseos, sus cenizas y las de su amada Nina fueron depositadas en una tumba excavada directamente en la roca de un acantilado de su querida Troldhaugen, mirando eternamente hacia las aguas del fiordo que tantas veces le inspiraron.

"Dos Melodías Elegíacas, Op 34_Última primavera"
The Trondheim Soloists.
Bjarne Fiskum, director.

12 jun 2026

El Asceta del Teclado

Hablar de Arturo Benedetti Michelangeli (Brescia, 1920 – Lugano, 1995) no es repasar la vida de un pianista convencional, sino adentrarse en el mito de un asceta del teclado, un hombre que buscaba una perfección casi inhumana en cada nota y que convirtió el silencio y la ausencia en parte de su leyenda.
Nació el 5 de enero de 1920 en Brescia, Italia. Aunque comenzó tocando el violín, pronto el piano se convirtió en su auténtico altar. Con apenas 19 años, en 1939, ganó el prestigioso Concurso Internacional de Ginebra. El mismísimo Alfred Cortot, miembro del jurado, exclamó al escucharle: "Ha nacido un nuevo Liszt". 

Franz Liszt "Totentanz S. 126"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.
Orquesta Sinfónica de la RAI.
Gianandrea Gavazzeni, director.

Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial interrumpió su incipiente carrera; Michelangeli se unió a la aviación italiana y, más tarde, a la resistencia antifascista, llegando a ser capturado por los alemanes y pasando varios meses en prisión antes de lograr escapar de aquel horror.
Al regresar a los escenarios, su técnica infalible y su obsesión enfermiza con la acústica y el estado del instrumento no tardaron en forjar su mito. No tocaba en cualquier piano, ni en cualquier sala. Viajaba siempre con sus propios pianos Steinway & Sons y con su afinador personal de confianza, Cesare Augusto Tallone. Si al llegar al teatro consideraba que la humedad ambiental, la temperatura o la acústica no eran absolutamente perfectas, o si el piano sufría la más mínima alteración por el viaje, cancelaba el concierto sin miramientos, importándole muy poco si el público ya estaba sentado en sus localidades. Estas espantadas calaron hondo en los promotores, pero aumentaron su aura de genio inaccesible.

Beethoven - Debussy - Ravel.

Vivía como un monje. Detestaba los aplausos exagerados, la adulación y el circo comercial que rodeaba a la música clásica. En sus conciertos, apenas gesticulaba; su rostro permanecía imperturbable, como una máscara de mármol, mientras sus dedos ejecutaban pasajes de una dificultad endiablada con una claridad cristalina, donde cada nota parecía tallada en diamante. Es precisamente esa búsqueda de la pureza la que quedó grabada en el celuloide en 1977, durante su legendario recital en El Vaticano ante el Papa Pablo VI, un registro que hoy es testimonio audiovisual imprescindible de su rigurosa y majestuosa presencia en directo.

Chopin - Debussy.

Ese inconformismo indomable hacía que Michelangeli detestara profundamente los estudios de grabación, pues sentía que las cintas "enlataban" y despojaban a la música de su alma viva. Por ello, su discografía oficial es relativamente exigua, pero cada uno de los registros que permitió que vieran la luz se convirtió de inmediato en una obra de arte incontestable, una auténtica referencia para la historia de la música.
Ocurrió así en 1957, cuando dejó grabado para el sello EMI el Concierto para piano en Sol mayor de Ravel y el Concierto para piano n.º 4 de Rachmaninov junto a la Philharmonia Orchestra dirigida por Ettore Gracis; un disco que la crítica internacional sigue considerando unánimemente una de las mejores grabaciones pianísticas de todos los tiempos por el asombroso control del color y las texturas que logra en la obra de Ravel. 

Maurice Ravel "Concierto para piano en sol mayor"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.
Philharmonia Orchestra.
Ettore Gracis, director.

Lo mismo sucedió con sus registros de Debussy (Préludes e Images) para Deutsche Grammophon, donde Michelangeli rediseñó por completo la forma de interpretar al compositor francés, alejándose del misticismo borroso de otros pianistas para ofrecer una lectura de una precisión quirúrgica, donde el impresionismo se vuelve nítido, poético y de una belleza tímbrica sobrecogedora. O en sus aproximaciones a Chopin —como sus célebres Mazurkas o la Balada n.º 1—, donde huía de cualquier sentimentalismo barato para desplegar un fraseo aristocrático, riguroso y de una arquitectura perfecta.

Claude Debussy "Images 1ª serie"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.

A pesar de su aislamiento y de su carácter huraño para con la industria, su magisterio se transmitió de forma directa a las siguientes generaciones. En sus famosas clases magistrales en Arezzo o Turín, el maestro volcó su sabiduría sobre jóvenes promesas que más tarde se convertirían en gigantes del piano, como Martha Argerich y Maurizio Pollini, quienes siempre recordarían el rigor casi místico, rayano en lo sagrado, que Michelangeli exigía ante cada compás de la partitura.

Claude Debussy "Images 2ª serie"
Arturo Benedetti Michelangeli, piano.

Hacia el final de su vida, su salud comenzó a resquebrajarse y a volverse tan frágil como la madera de sus pianos. En 1988, sufrió un grave aneurisma aórtico en pleno concierto mientras tocaba en Burdeos; sin embargo, haciendo gala de una asombrosa fuerza de voluntad, logró recuperarse y seguir ofreciendo recitales unos años más, buscando siempre ese sonido ideal que habitaba en su mente.
Pero el destino terminó por reclamar el silencio. Tras retirarse a su refugio en Suiza, su llama se apagó definitivamente el 12 de junio de 1995 en Lugano. Con su fallecimiento, el mundo de la música no solo perdió a un virtuoso inigualable, sino al último gran eremita del piano; un hombre que prefirió romper los contratos y dar la espalda a la fama antes que traicionar la pureza absoluta de la música.

11 jun 2026

Richard Strauss

Imaginad a un hombre con la precisión de un banquero suizo, la sangre fría de un gran jugador de ajedrez y la mente musical de un revolucionario. Ese era Richard Strauss, un artista que nació en Múnich el 11 de junio de 1864 y falleció en Garmisch-Partenkirchen el 8 de septiembre de 1949, dejando tras de sí una estela que redefinió para siempre lo que una orquesta era capaz de hacer. A diferencia del cliché del creador atormentado, hambriento y caótico, Strauss fue un hombre metódico y cerebral. Su padre, Franz, era el principal cornista de la corte de Múnich y un conservador radical que odiaba la música de Wagner con pasión. Paradójicamente, aunque educó al pequeño Richard en el clasicismo más estricto, el joven Strauss terminó convirtiéndose en el heredero espiritual del wagnerianismo, llevando la potencia y el color orquestal a límites nunca antes vistos.

"Don Juan, Op. 20"
Vienna Philharmonic Orchestra.
Clemens Heinrich Krauss, director.

Pronto descubrió que la música clásica no tenía por qué ser abstracta, sino que podía contar historias explícitas, convirtiéndose en el maestro indiscutible del "poema sinfónico". El estallido de su genialidad llegó en 1888 con el estreno de Don Juan. 

"Así habló Zaratustra, op. 30"
The Vienna Philharmonic Orchestra.
Richard Strauss, director.

Apenas un año después, en 1889, nos llevó al umbral del más allá con la sobrecogedora Muerte y transfiguración, y en 1896 creó un inicio tan colosal e imponente en Así habló Zarathustra que, décadas más tarde, Stanley Kubrick lo inmortalizaría en el cine para musicalizar el amanecer de la humanidad en 2001: Odisea del espacio. Su catálogo seguía creciendo con obras de un ego genial como Una vida de héroe en 1898, un ejercicio de autorretrato musical donde el violín solista escenificaba nada menos que los cambios de humor de su propia esposa, la soprano Pauline de Ahna.

"Una vida de héroe, Op 40"
Barry Griffith, violín.
BBC Northern Symphony Orchestra.
Kurt Sanderling, director.

Pauline fue, de hecho, el verdadero "general" en la vida del compositor. Tenía un carácter volcánico, era mandona, excéntrica y lo regañaba en público, pero Strauss la adoraba y aseguraba que su temperamento le daba la energía que a él le faltaba. Detrás de esa música capaz de levantar al público de sus asientos, se escondía un hombre con los pies muy en la tierra que compaginaba su arte con una estricta rutina y una devoción absoluta por el Skat, un juego de cartas alemán en el que pasaba horas apostando pequeñas sumas. Como director de orquesta era igualmente peculiar: odiaba los aspavientos, dirigía casi sin mover el cuerpo y solía aconsejar a sus alumnos que nunca miraran a los músicos de metal, pues "solo les animará a tocar más fuerte". Se rumoreaba, incluso, que a veces aceleraba los tempos al final de los conciertos simplemente porque tenía una partida de cartas pendiente.

"Salomé_Escena Final"
Leonie Rysanek.
Rudolf Kempe, director.

El éxito sinfónico no le bastó, y Strauss decidió asaltar los teatros de ópera sembrando el escándalo. En 1905 estrenó Salomé, basada en la polémica obra de Oscar Wilde, desafiando la moral de la época con la sensualidad de la "Danza de los siete velos" y una partitura disonante que electrizó a Europa. Cuatro años después, en 1909, unió fuerzas con el libretista Hugo von Hofmannsthal para crear Elektra, una obra de una violencia psicológica y una vanguardia brutales. Sin embargo, demostrando su camaleónica genialidad, la pareja dio un giro de ciento ochenta grados en 1911 para regalar al mundo El caballero de la rosa, una ópera bellísima y aristocrática empapada de valses nostálgicos por un pasado que se desvanecía.

"El caballero de la rosa, Op. 59"
Vienna State Opera Chorus and Orchestra.
Carlos Kleiber, director.

Los años dorados dieron paso a la madurez y a la etapa más oscura de su vida, marcada por las turbulencias políticas de la Alemania nazi. Strauss, ya anciano, intentó proteger a su nuera, que era de origen judío, y a sus nietos; para ello, aceptó inicialmente cooperar con el régimen como presidente de la Cámara de Música del Reich, un puesto del que acabó siendo destituido por la Gestapo al interceptarse una carta donde se mostraba crítico con el sistema. Tras la Segunda Guerra Mundial, cansado y contemplando un mundo en ruinas, plasmó su dolor en 1945 con Metamorfosis, un lamento fúnebre para veintitrés instrumentos de cuerda por la destrucción de los teatros de su patria.

"Metamorfosis"
Philharmonia Orchestra.
Otto Klemperer, director.

Antes del silencio definitivo, Strauss se despidió del mundo en 1948 con sus extraordinarias Cuatro últimas canciones para soprano y orquesta, un testamento musical crepuscular de una belleza serena y sobrecogedora. 

"Las Cuatro últimas canciones"
Elisabeth Schwarzkopf, soprano.
Berlin Radio Symphony Orchestra.
George Szell, director.

Pocas semanas antes de morir a los ochenta y cinco años, habiendo domado todas las tempestades del sonido, el viejo compositor le confesó a su nuera con una sonrisa: "Es curioso, Alice, morir es exactamente como lo compuse en Muerte y transfiguración".

"Muerte y Transfiguración, Op. 24"
Staatskapelle Dresden.
Rudolf Kempe, director.


10 jun 2026

El paisaje sonoro de Delius

Nacido en el seno de una próspera familia comerciante de origen alemán en Bradford, Inglaterra, el 29 de enero de 1862, el destino del joven Fritz Theodore Albert Delius parecía irremediablemente ligado al negocio de la lana de su estricto padre. Sin embargo, el alma del futuro compositor albergaba una sensibilidad musical que no encajaba entre balances comerciales. En un intento desesperado por encauzarlo, su padre lo envió a Florida en 1884 para gestionar una plantación de naranjos en Solano Grove.
Aquella plantación fracasó estrepitosamente en lo comercial, pero se convirtió en el crisol de su genialidad. Fascinado por los cantos de los trabajadores afroamericanos que flotaban sobre el río San Juan y el denso paisaje sureño, Delius encontró allí su verdadera voz musical. Fue en EE. UU. donde recibió sus primeras lecciones formales de un organista local antes de regresar a Europa para estudiar en el Conservatorio de Leipzig.
A partir de 1897, Delius se estableció en el idílico pueblo francés de Grez-sur-Loing junto a su esposa, la pintora Jelka Rosen. Allí, adoptando ya el nombre de Frederick, dio vida a sus obras más características, uniendo la tradición posromántica con un impresionismo musical único, marcadamente bucólico y melancólico. De su pluma nacieron partituras tan evocadoras como Al escuchar el primer cuco en primavera (On Hearing the First Cuckoo in Spring), Un paseo por el jardín del paraíso (A Village Romeo and Juliet), y la monumental Misa de la vida (A Mass of Life), inspirada en los textos de Nietzsche. Su música no buscaba la rigidez de la estructura clásica, sino capturar la fugacidad de la naturaleza y las emociones humanas. Una de las anécdotas más curiosas de su catálogo es la suite Florida, un homenaje directo a su época entre naranjos, cuya primera audición privada en Leipzig fue financiada por el propio Delius... ¡ofreciendo un barril de cerveza al director y a la orquesta para que la interpretaran!

Halle Orchestra.
Robert Tear (Tenor en la pieza nº 3).
Sir John Barbirolli, director.

La vida de Delius dio un giro trágico en sus últimas décadas debido a la sífilis que había contraído en su juventud. La enfermedad lo dejó progresivamente ciego y paralítico, amenazando con silenciar su música para siempre. Fue entonces cuando ocurrió uno de los episodios más conmovedores de la historia de la música: un joven músico inglés llamado Eric Fenby, conmovido por la situación del maestro, se ofreció voluntariamente a mudarse a Francia para trabajar como su amanuense. Mediante un titánico y paciente sistema de dictado —donde Delius silbaba o tarareaba las notas desde su silla de ruedas y Fenby las transcribía al pentagrama— el compositor pudo terminar obras maestras tardías como A Song of Summer. Tras años de reclusión creativa, Frederick Delius falleció en su amado retiro de Grez-sur-Loing el 10 de junio de 1934, dejando tras de sí un legado musical que, al igual que el aroma de los naranjos de su juventud, permanece suspendido en el tiempo de manera suspendida y eterna.

9 jun 2026

El Filósofo del Piano

Claudio Arrau León nació el 6 de febrero de 1903 en Chillán, Chile,  mostrando un talento tan extraordinario y precoz que a los cinco años ofreció su primer recital público y a los seis tocó ante el presidente de la República. Considerado un niño prodigio de características casi milagrosas, el gobierno chileno le otorgó una beca para estudiar en Berlín con Martin Krause, quien había sido uno de los últimos alumnos de Franz Liszt. Krause no solo formó su técnica basándola en la relajación muscular y el peso del cuerpo —evitando la rigidez—, sino que se convirtió en su mentor vital; por ello, su muerte en 1918 dejó al joven Arrau en una profunda crisis existencial y financiera. Logró superarla gracias a su madurez y a una intensa terapia con el psicoanalista Abrahamson, una experiencia que el propio pianista consideraba fundamental para liberar su potencial creativo y desarrollar una aproximación intelectual y espiritual a la música. A partir de los años veinte, su carrera despegó de manera imparable en Europa, consolidándose tras mudarse a Estados Unidos en los años cuarenta debido a la Segunda Guerra Mundial, desde donde proyectó una de las trayectorias estelares más longevas y respetadas de la historia del piano.

Beethoven-Schumann-Schönberg.

A lo largo de su dilatada carrera, Arrau huyó sistemáticamente del virtuosismo superficial, buscando siempre la verdad interna de cada partitura a través de un sonido denso, profundo y lleno de matices. Esta filosofía quedó plasmada en un catálogo discográfico legendario, principalmente bajo el sello Philips, donde sus grabaciones se convirtieron en auténticas referencias absolutas. Entre ellas destacan su integral de las Sonatas para piano de Beethoven, considerada una cumbre de la interpretación por su equilibrio entre rigor estructural y hondura dramática, y sus lecturas de los Nocturnos y Estudios de Chopin, donde el lirismo se tiñe de una nobleza aristocrática alejada de cualquier sentimentalismo. 

Frédéric Chopin "Valses Op. 34".

Asimismo, sus interpretaciones de la Sonata en si menor de Liszt, del Carnaval de Schumann y de las obras maduras de Brahms y Schubert siguen siendo el espejo en el que se miran las generaciones posteriores de pianistas.

Brahms-Schubert.

Detrás de su imponente presencia en el escenario y su seriedad intelectual, Arrau albergaba una personalidad fascinante y algunas peculiaridades memorables. Era un lector voraz y un apasionado coleccionista de arte precolombino, pero una de sus facetas más curiosas era su amor por los felinos: llegó a declarar que se sentía profundamente identificado con los gatos, admirando su elegancia y su independencia, cualidades que de algún modo intentaba trasladar a su forma de estar en el mundo. Además, se cuenta como una entrañable anécdota que, a pesar de poseer una de las mentes musicales más analíticas del siglo, era un hombre extraordinariamente supersticioso con ciertos rituales antes de salir a tocar, y poseía una timidez tan reverencial hacia el público que el escenario siempre le impuso un respeto sagrado, independientemente de las miles de veces que lo pisara.

Ludwig van Beethoven "Sonata para piano n.º 7 en re mayor, Op. 10 n.º 3".

Arrau entendía su oficio no como un lucimiento personal, sino como un sacerdocio. En sus propias palabras, solía definir el acto interpretativo desde una perspectiva casi mística:
"El pianista debe ser un canalizador de las fuerzas del universo. Cuando toco, no soy yo quien toca; es algo que pasa a través de mí".
Esta entrega absoluta se reflejaba en su concepción del aprendizaje continuo, afirmando que "en la música, el día que crees que ya no tienes nada que aprender, estás muerto". Para él, el sonido no era un elemento físico, sino el vehículo de una idea superior, algo que resumió magistralmente al decir:
"La música es la expresión de lo inefable, aquello que no se puede decir con palabras pero que es imposible mantener en silencio".

Franz Liszt"Jeux d'eau a la villa d'Este".

El maestro continuó tocando prácticamente hasta el final de sus días, manteniendo una disciplina de estudio de varias horas diarias incluso octogenario. El destino quiso que su viaje terminara en Europa, la tierra que lo vio formarse: Claudio Arrau falleció el 9 de junio de 1991 en Mürzzuschlag, Austria, a los 88 años, debido a las complicaciones de una cirugía intestinal de urgencia mientras se encontraba en medio de una gira de conciertos. Siguiendo su expreso deseo, sus restos fueron repatriados a Chile y descansan en el cementerio de su Chillán natal, cerrando el círculo de una vida dedicada por entero a la búsqueda de la belleza y la trascendencia a través del teclado.

5 jun 2026

El Padre de la Ópera Romántica Alemana

La vida de Carl Maria von Weber fue una carrera contrarreloj, intensa y apasionada, que dejó una huella imborrable en la historia de la música al convertirse en el verdadero padre de la ópera romántica alemana.
Nacido en Eutin el 18 de noviembre de 1786, Weber creció en un ambiente nómada y teatral; su padre dirigía una compañía de teatro ambulante, lo que permitió al pequeño Carl familiarizarse con los escenarios desde la cuna. A pesar de haber nacido con una enfermedad congénita en la cadera que le provocó una cojera de por vida, y de tener una salud notablemente frágil, demostró un talento musical precoz, llegando a estudiar en su juventud con Michael Haydn (hermano del célebre Joseph Haydn).
A medida que maduraba, Weber no solo se consolidó como un pianista virtuoso y un director de orquesta innovador —fue uno de los primeros en utilizar la batuta moderna y en organizar a los músicos por secciones para mejorar la acústica—, sino como un compositor revolucionario. Su gran hito llegó en 1821 con el estreno de su obra maestra, El cazador furtivo (Der Freischütz).

“Der Freischütz”
Philharmonische Staatsorchester Hamburg.
Leopold Ludwig, director.

Esta ópera supuso un antes y un después en el mundo de la música: rompió con el dominio absoluto de la ópera italiana e inauguró el Romanticismo musical alemán, introduciendo elementos del folclore, bosques misteriosos, lo sobrenatural y una orquestación oscura y dramática que fascinaría a las siguientes generaciones. Otras de sus óperas muy representativas, aunque con libretos menos afortunados, fueron Euryanthe y Oberon. Fuera de la lírica, regaló al repertorio pianístico la célebre pieza Invitación a la danza y revolucionó los instrumentos de viento con sus fantásticos conciertos para clarinete.

"Concierto para Clarinete nº. 1 en Fa menor, op. 73 (J. 114)"
Heinrich Geuser, clarinete.
Berlin Radio Symphony Orchestra.
Ferenc Fricsay, director.

La vida de Weber estuvo además salpicada de curiosidades y lances casi novelescos. De joven, en Stuttgart, llevó una vida bastante disipada que lo metió en serios problemas financieros; de hecho, pasó un breve tiempo en prisión por deudas y terminó siendo desterrado del ducado de Wurtemberg. Sin embargo, el episodio más insólito y trágico de su biografía ocurrió en su propio laboratorio musical. Weber, que también se interesaba por la litografía y el grabado, guardaba diversas sustancias químicas en su mesa de trabajo. Una noche, sediento tras horas de composición, confundió una botella de vino con una que contenía ácido nítrico. El trago estuvo a punto de costarle la vida y, aunque sobrevivió gracias a la rápida intervención de un amigo, el ácido destruyó permanentemente sus cuerdas vocales, dejándolo para siempre con una voz apenas audible que apenas superaba el susurro. Además, como curiosidad familiar, estaba conectado con los grandes nombres de su época: su prima, Constanze Weber, fue nada menos que la esposa de Wolfgang Amadeus Mozart.

"Sonata para piano n.° 2 en la bemol mayor, Op. 39"
Emil Grigórievich Guilels, piano.

El final de su camino llegó demasiado pronto. Consumido por una grave tuberculosis, Weber viajó a Londres para dirigir el estreno de su ópera Oberon, sabiendo que probablemente no regresaría. Su único motor era ganar el dinero suficiente para asegurar el futuro de su esposa e hijos tras su muerte. Cumplió su última misión y falleció en la capital británica el 5 de junio de 1826, con tan solo 39 años.
Lo que significó en el mundo de la música va mucho más allá de sus bellas melodías. Weber liberó la música germana, dotó a la orquesta de una paleta de colores y efectos dramáticos nunca vistos hasta entonces y preparó el terreno para los grandes dramas musicales del siglo XIX. Sin la audacia, el misterio y la renovación de Weber, la obra de compositores de la talla de Richard Wagner o Felix Mendelssohn simplemente no habría sido posible.

3 jun 2026

Entre el fuego de Carmen y las sombras del destino

La vida de Georges Bizet es una de las más fascinantes y, a la vez, trágicas de la historia de la música. Fue un genio que rozó la gloria con las manos, pero que murió justo antes de saber que había cambiado la ópera para siempre. Nació en París el 25 de octubre de 1838, bautizado originalmente como Alexandre César Léopold Bizet, aunque su familia siempre prefirió llamarlo Georges, el nombre que pasaría a la posteridad. Desde la cuna respiró música; su padre era profesor de canto y su madre una talentosa pianista que le enseñó las primeras notas. El pequeño Georges resultó ser un niño prodigio tan evidente que el prestigioso Conservatorio de París hizo la vista gorda con sus normas y lo admitió a los nueve años, saltándose el límite de edad exigido. Allí demostró una habilidad al piano descomunal; de hecho, el mismísimo Franz Liszt, tras ver al joven Bizet leer a primera vista y de manera impecable una partitura complejísima del propio maestro húngaro, declaró asombrado que Bizet era uno de los tres mejores pianistas de Europa. A los diecisiete años, en una muestra de madurez pasmosa, compuso su Sinfonía en do mayor, una obra desbordante de frescura que, curiosamente, permaneció olvidada en los archivos del Conservatorio y no se estrenó hasta la década de 1930. 

"Sinfonía en Do mayor"
Royal Concertgebouw Orchestra.
Bernard Haitink, director.

Poco después, en 1857, se alzó con el ansiado Premio de Roma, el galardón más alto para un joven compositor francés, lo que le permitió pasar tres años idílicos en Italia inspirándose y puliendo su estilo. A su regreso a París, sin embargo, la realidad fue mucho más dura. El público parisino de la época era sumamente conservador y refractario a las novedades. Para ganarse el sustento, Bizet tuvo que pasar años realizando extenuantes trabajos secundarios, como arreglos comerciales de música ajena y transcripciones para piano que consumían su tiempo y su salud. Aun así, su genialidad seguía brotando. En 1863 estrenó Los pescadores de perlas (Les pêcheurs de perles), ambientada en el exótico Ceilán. Aunque la crítica inicial fue tibia, la obra nos legó uno de los dúos más bellos e interpretados de toda la historia de la lírica: Au fond du temple saint. 

"Los Pescadores de Perlas_Au fond du temple saint"
Jussi Björling y Robert Merrill.

Más tarde, en 1872, compuso la música incidental para la obra teatral La arlesiana (L'Arlésienne) de Alphonse Daudet, cuyas suites orquestales capturan de manera magistral la luz y el folklore de la Provenza francesa. 

"La Arlesiana"
Orquesta de Cleveland.
Lorin Maazel, director.

El destino de Bizet quedaría sellado con su obra cumbre: Carmen. Basada en la novela de Prosper Mérimée, la ópera rompía con todos los moldes establecidos al llevar al escenario a personajes de las clases populares —cigarreras, contrabandistas y toreros— guiados por pasiones descarnadas, celos y una libertad individual innegociable. Lo curioso es que, para componer una de las músicas con mayor sabor español de todos los tiempos, Bizet jamás pisó España; le bastó con investigar en la biblioteca del Conservatorio de París. De hecho, la famosa Habanera (L'amour est un oiseau rebelle) esconde una anécdota singular: Bizet adaptó una melodía creyendo que era una canción folclórica anónima, pero cuando le advirtieron que en realidad pertenecía al compositor español Sebastián Iradier (El arreglito), tuvo que añadir una nota de agradecimiento en la partitura oficial. El estreno de Carmen el 3 de marzo de 1875 en la Opéra-Comique fue un absoluto desastre. El público y la crítica se escandalizaron ante la crudeza de la trama y la moral de la protagonista. Se llegó a calificar la música de "extraña" y el ambiente de "pestilente". 

"Carmen"
L’orchestre et les choeurs de l’Opéra National de Paris.
Direction musicale: Frédéric Chaslin.

Bizet, que ya sufría de una salud frágil agravada por anginas crónicas y una profunda depresión por el rechazo a su obra, abandonó el teatro destrozado, vagando por las calles de París durante la noche. Tres meses después del estreno, el 3 de junio de 1875, Georges Bizet fallecía en Bougival a causa de un ataque cardíaco, con tan solo 36 años. Existe una dramática coincidencia que los amantes de lo esotérico suelen recordar: la noche de su muerte, justo en el momento en que el compositor expiraba, la soprano que interpretaba a Carmen en París se sintió indispuesta en el escenario al cantar la escena de las cartas, aquella donde el personaje lee su propio destino trágico y fatal. Bizet murió convencido de haber fracasado por completo. No llegó a ver cómo, apenas unos meses más tarde, compositores de la talla de Chaikovski, Brahms y Wagner declaraban a Carmen una obra maestra absoluta, iniciando así su camino para convertirse en la ópera más famosa, representada y querida de todos los tiempos.

2 jun 2026

El músico del Imperio

Nacido en el pequeño pueblo de Broadheath, cerca de Worcester, Edward Elgar (2 de junio de 1857 – 23 de febrero de 1934) creció rodeado de partituras e instrumentos gracias a la tienda de música de su padre. Aunque mostró un talento innato desde niño, su origen humilde y su fe católica en la Inglaterra victoriana anglicana le impidieron acceder a una formación académica formal. De manera autodidacta, Elgar aprendió a tocar el violín, el órgano y a devorar manuales de composición mientras tocaba en agrupaciones locales y trabajaba como profesor de música para ganarse la vida.
Durante años, el reconocimiento le fue esquivo y su confianza flaqueaba, pero todo cambió al cumplir los treinta años cuando conoció a Caroline Alice Roberts, una de sus alumnas. A pesar de la oposición de la adinerada familia de ella, se casaron en 1889. Alice se convirtió en su mayor apoyo, su mánager y la fe que a él le faltaba.
El verdadero despegue llegó en 1899, a sus 42 años, con el estreno de las Variaciones Enigma. Esta ingeniosa obra orquestal consta de un tema principal que esconde un "enigma" melódico nunca resuelto, seguido de catorce variaciones, cada una dedicada a retratar de forma afectuosa y precisa a un amigo cercano o a su propia esposa. La novena variación, Nimrod, se convirtió en una de las piezas más conmovedoras del repertorio musical, utilizada hoy en día en todo el mundo para actos de conmemoración y duelo.

"Variaciones Enigma, Op. 36"
St Petersburg Philharmonic Orchestra.
Yuri Temirkanov, director.

Consagrado ya como el gran compositor que el país llevaba siglos esperando, Elgar compuso en 1900 El sueño de Geronte, un profundo y místico oratorio basado en un poema del cardenal Newman que narra el viaje del alma de un hombre moribundo hacia Dios. 

"El sueño de Geronte, Op. 38"
Peter Pears. Yvonne Minton. John Shirley-Quirk.
London Symphony Chorus. The Choir of King's College, Cambridge.
London Symphony Orchestra. 
Benjamin Britten, director.

Poco después, entre 1901 y 1930, dio forma a las marchas de Pompa y Circunstancia. La primera de ellas contenía una melodía tan arrebatadora que, al añadirle texto, se transformó en Land of Hope and Glory (Tierra de esperanza y gloria), un himno oficioso para el Reino Unido que consolidó su estatus como el músico del Imperio.

Pompa y circunstancia, Op. 39_Marcha n.º 1
BBC Symphony Orchestra.
Leonard Bernstein, director.

Sin embargo, el estallido de la Primera Guerra Mundial resquebrajó su mundo. El dolor del conflicto lo llevó a componer en 1919 su última gran obra maestra: el Concierto para violonchelo. Lejos del optimismo de sus marchas imperiales, este concierto es una pieza desgarradora, otoñal y de un lirismo melancólico que parecía despedir no solo a una Europa en ruinas, sino también a su propia época.

"Concierto para Violonchelo en mi menor, Op. 85"
Jacqueline du Pré, violonchelo.
London Symphony Orchestra.
Sir John Barbirolli, director.

La muerte de su querida Alice en 1920 apagó casi por completo su inspiración. Elgar pasó sus últimos años retirado en el campo, disfrutando de sus perros, las carreras de caballos y la química, una de sus grandes aficiones. Falleció en 1934, dejando tras de sí la banda sonora imperecedera de una era que se desvanecía.

29 may 2026

El niño prodigio que puso música a Hollywood

La vida de Erich Wolfgang Korngold parece el guion de una de las grandes películas a las que puso música: un viaje fascinante desde el reconocimiento como el mayor niño prodigio del siglo XX hasta convertirse en el padre del sonido dorado de Hollywood. Nacido el 29 de mayo de 1897 en Brno (en la actual República Checa), Korngold creció en Viena respirando música. Su talento era tan asombroso que, con solo nueve años, el mismísimo Gustav Mahler lo declaró un genio y recomendó que estudiara con Alexander von Zemlinsky. A los trece, sus obras ya se interpretaban en la Ópera de la Corte de Viena, y Richard Strauss se maravillaba de la madurez de sus composiciones, admitiendo que le producía cierto "temor" ver tanta genialidad en alguien tan joven. De hecho, su nombre de pila, Wolfgang, invitaba inevitablemente a compararlo con Mozart. Su consagración absoluta en los escenarios operísticos llegó en 1920, con apenas 23 años, al estrenar simultáneamente en Hamburgo y Colonia su gran obra maestra, Die tote Stadt (La ciudad muerta), una ópera que cautivó a Europa con su atmósfera melancólica y su desbordante lirismo.

"La Ciudad Muerta_La canción de Marietta"
Elisabeth Schwarzkopf, soprano.
 
Korngold no tenía intención de abandonar Europa definitivamente, pero en 1934 el director Max Reinhardt lo invitó a Hollywood para adaptar la música de Sueño de una noche de verano. Estuvo yendo y viniendo entre Austria y Estados Unidos hasta que, a principios de 1938, el estudio Warner Bros le insistió para que regresara a California a musicar The Adventures of Robin Hood (Robin Hood de los bosques). Korngold rechazó la oferta inicialmente porque le parecía una película de demasiada acción. Sin embargo, ante la insistencia del estudio, aceptó y viajó a Estados Unidos. Justo una semana después de su llegada, la Alemania nazi se anexionó Austria. Sus bienes fueron confiscados y sus obras prohibidas por su origen judío. Aquella banda sonora que casi rechaza fue el billete de salvación para él y su familia. En Hollywood, Korngold no solo sobrevivió, sino que revolucionó el cine. Trató las películas como si fueran "óperas sin canto", componiendo temas largos, complejos y asignando motivos musicales a los personajes (leitmotivs). Su partitura para The Adventures of Robin Hood le valió el Óscar a la Mejor Banda Sonora en 1938 —el primero concedido directamente al compositor y no al jefe del departamento musical del estudio—, un hito que se sumó al éxito previo de Anthony Adverse (El caballero Adverse) en 1936. 

The Adventures of Robin Hood
John Wilson Orchestra.

Otras obras maestras de esta etapa dorada fueron The Sea Hawk (El halcón del mar) y Kings Row (De amor también se muere), cuyo tema principal inspiraría décadas más tarde a John Williams para crear la marcha de Star Wars. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Korngold decidió retirarse del cine para volver a su gran amor: la música de concierto y la ópera. Intentó reconquistar los teatros europeos con obras bellísimas como su Concierto para violín en re mayor, Op. 35 (que reutilizaba melódicamente algunos de sus mejores temas cinematográficos). 

"Concierto para Violín y Orquesta en Re mayor, Op. 35"
Gil Shaham, violín.
London Symphony Orchestra.
Andre Previn, director.

Sin embargo, se topó con una Europa cambiada, donde los críticos consideraban que su estilo romántico y melódico estaba anticuado frente a las nuevas vanguardias abstractas. Con el corazón dividido entre dos mundos que no terminaron de entender su versatilidad, Korngold regresó a Los Ángeles, donde falleció el 29 de noviembre de 1957. Hoy en día, despojado de los prejuicios de su época, se le reconoce por fin como lo que siempre fue: un eslabón insustituible del postromanticismo y el arquitecto del sonido sinfónico que definió la magia del cine.