11 feb 2026

Vicente Martín y Soler

En la Valencia luminosa del siglo XVIII, un 2 de mayo de 1754 nació Vicente Martín y Soler, destinado a brillar en los teatros de Europa con un arte hecho de gracia melódica y temple escénico. Desde niño, en el coro de la catedral valenciana, afianzó un oído fino y una naturalidad para la palabra cantada que más tarde perfeccionaría en Bolonia con el erudito Padre Martini, absorbiendo la esencia del canto italiano —líneas limpias, respiración teatral y claridad expresiva— que marcaría su identidad como compositor.
Sus primeros triunfos italianos lo condujeron a Viena, la capital musical del continente, donde encontró al libretista Lorenzo Da Ponte y con él una alianza artística que definiría la década de 1780. En 1786 estrenó Una cosa rara, una comedia llena de luz que deslumbró al público por su vivacidad rítmica, el encanto de sus melodías y la transparencia con que entrelazaba las voces en dúos y conjuntos. El eco de su éxito fue tal que Mozart citó un tema de la obra en el banquete de Don Giovanni, testimonio de su omnipresencia en la Viena de entonces.

"Una cosa rara"
Le Concert des Nations. La Capella Reial de Catalunya.
Jordi Savall, director.

Al año siguiente, 1787, presentó L’arbore di Diana, donde mostró otra cara de su estilo: la invención de un mundo mitológico y juguetón, trabajado con colores orquestales más sutiles y líneas vocales de refinada ligereza. Sin perder el pulso cómico, la partitura respira una atmósfera de encanto elegante, casi mágico, que confirmaba su versatilidad para pasar de lo cotidiano a lo alegórico con una naturalidad inusual.

"L'arbore di Diana"

Su reputación traspasó Austria y lo llevó a San Petersburgo, al servicio de Catalina la Grande, donde compuso óperas y ballets para una escena en plena transformación, y más tarde a Londres, donde continuó escribiendo para el King’s Theatre. En cada parada, su sello fue el mismo: melodías espontáneas, teatralidad sin estridencias y una escritura vocal que parecía hecha a la medida del habla.
De regreso en San Petersburgo, la ciudad que lo había acogido con honores, su vida se apagó el 11 de febrero de 1806 (calendario gregoriano) —fecha equivalente al 30 de enero de 1806 en el calendario juliano vigente entonces en Rusia—, cerrando un periplo europeo tan brillante como intenso.
Con Una cosa rara y L’arbore di Diana, Martín y Soler dejó constancia de un arte difícil: ser ligero sin ser frívolo, virtuoso sin ostentación y teatral con absoluta claridad. Durante tiempo su nombre quedó semivelado por la gloria póstuma de Mozart, pero hoy vuelve a ocupar su sitio natural en el mapa de la ópera dieciochesca: el de un valenciano que conquistó Europa con la elegancia y la dulzura de su música.

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