En el verano de 1908, cuando las calles de Levallois-Perret resonaban con un rumor tibio y cotidiano, Maurice Ravel vivía rodeado de partituras, silencios afilados y recuerdos que empezaban a oscurecerse. Su padre agonizaba en una habitación cercana, y el joven compositor, de treinta y tres años, buscaba refugio en el único reino donde la realidad parecía moldearse según su voluntad: el piano. Allí, como si emergiera desde un pliegue oculto de su conciencia, comenzó a tomar forma una obra que no se parecía a ninguna otra. No era solo música; era un umbral.
Lo había llamado Gaspard de la nuit, inspirado por un libro antiguo atribuido —o quizá prestado, quizá robado— por un misterioso anciano al poeta Aloysius Bertrand. Aquel nombre, Gaspard, había germinado en la imaginación de Ravel como una sombra seductora: el tesorero de la noche, guardián de los misterios, de las joyas oscuras, de los brillos que no existen bajo el sol. Nada más apropiado para una obra nacida en medio de la penumbra personal del compositor.
Ravel escribía con una determinación precisa, casi quirúrgica. Sabía que esta suite sería un desafío, incluso una provocación: quería que su último movimiento superara la dificultad casi legendaria del Islamey de Balakirev. Mientras sus manos trazaban líneas imposibles sobre el papel pautado, sentía que su música se volvía cada vez más densa, más exigente, más afilada. Era como si esa figura nocturna —Gaspard— guiara su mano desde un rincón invisible de la habitación.
"Gaspard de la nuit, M.55"
Ivo Pogorelich, piano.
Ondine
La primera criatura en surgir fue Ondine, la ninfa acuática que golpeaba la superficie del lago con dedos de cristal. Ravel la escuchaba cantar entre los arpegios que serpenteban bajo sus manos, una voz que prometía mundos sumergidos y amores imposibles. El agua sonaba como una red de espejos rotos, y él dejaba que la música se plegara sobre sí misma, que se multiplicara, que pareciera fluir más allá del teclado. Cada acorde era un destello, una gota suspendida en el aire, un eco de su propio deseo de evadir la gravedad del momento.
Le Gibet
Pero tras la luminosidad líquida llegó la inmovilidad. Le Gibet se levantó ante él como la silueta de una colina desierta al atardecer. Durante horas, Ravel escuchó el persistente si♭ que habría de sostener el movimiento entero —un latido fúnebre, una campana detenida en el tiempo—. Era imposible no pensar en su padre, en la habitación vecina, en la respiración que se debilitaba. El paisaje musical se volvió árido: un horizonte sin viento, sin redención, donde la muerte no era un drama sino una presencia silenciosa, inevitable. Era el retrato perfecto de la quietud que lo envolvía todo.
Scarbo
Y entonces, cuando la noche parecía más profunda, apareció Scarbo. Travieso y demoníaco, este gnomo que surgía del poema de Bertrand reclamó para sí la mayor violencia del teclado. Ravel lo imaginaba danzando en rincones oscuros, trepando por las paredes, burlándose de la razón. Los saltos imposibles, las repeticiones vertiginosas, los trinos hirientes: todo era parte del juego cruel de esta criatura que aparecía y desaparecía sin aviso. Ravel escribía febrilmente, consciente de que estaba creando no solo un monstruo musical, sino una prueba iniciática, un espejo de su propia lucha interna.
Cuando la obra fue finalmente estrenada el 9 de enero de 1909, en París, interpretada por Ricardo Viñes, el público no sabía muy bien cómo reaccionar. Algunos se maravillaron; otros quedaron perplejos ante aquella suite que oscilaba entre el sueño y la pesadilla. Pero todos reconocieron que algo nuevo había nacido: un mundo nocturno hecho de música pura, un portal que exigía tanto del intérprete como del oyente.
Años después, entre los archivos de un centro universitario en Texas, el manuscrito de Gaspard de la nuit seguiría esperando, como un objeto encantado, que algún pianista osara invocarlo de nuevo. Ravel, mientras tanto, había seguido su camino, pero en la raíz de su obra quedaba la huella de aquel año oscuro: un diálogo con fuerzas invisibles, un intento de atrapar lo inefable. Gaspard de la nuit no fue solo una composición; fue un pacto. Un pacto con la noche, con la memoria, con lo que solo puede decirse en música.