4 dic 2025

¡Renacer!

Viena, 4 de diciembre de 1881. El invierno se adueña de la ciudad, y la Musikverein se ilumina con lámparas doradas que reflejan el esplendor de la capital imperial. Entre los muros cargados de historia, se respira expectación: esta noche sonará por primera vez el Concierto para violín en Re mayor de Piotr Ilich Chaikovski, una obra que nació lejos de aquí, en las montañas suizas, en un tiempo de tormenta interior.
Tres años antes, en 1878, Chaikovski había huido del caos emocional provocado por su breve y desdichado matrimonio con Antonina Miliukova. En la calma de Clarens, junto al lago Lemán, buscó refugio en la música. Allí, entre paisajes serenos y cielos cambiantes, concibió este concierto: luminoso, apasionado, como un renacer. Lo dedicó al virtuoso Leopold Auer, quien lo rechazó por considerarlo “imposible de tocar”. Ahora, el desafío lo asume Adolf Brodsky, decidido a demostrar que la obra no solo es posible, sino grandiosa.
La sala se llena de murmullos. Hans Richter levanta la batuta, y la orquesta abre con un Allegro moderato que despliega un horizonte sonoro amplio, casi sinfónico. El violín entra con voz clara, cantando un tema que parece brotar de la tierra rusa, pero con la elegancia vienesa que la forma clásica exige. Cada frase es un diálogo entre fuerza y lirismo, entre técnica y emoción.
El segundo movimiento, Canzonetta: Andante, tiñe el aire de melancolía. Es un suspiro íntimo, un recuerdo lejano, quizá el eco de las soledades que acompañaron al compositor en Suiza. Luego, el Finale: Allegro vivacissimo irrumpe como un torbellino: ritmos danzantes, energía desbordante, un fuego que consume la duda y proclama la vida.
Cuando la última nota se extingue, la sala queda suspendida en silencio. Después, estalla el aplauso, aunque no todos están convencidos... 
A pesar de algunas críticas, el tiempo dará su veredicto: esta obra, nacida del dolor y la esperanza, se convertirá en uno de los pilares del repertorio violinístico, símbolo del romanticismo tardío y del alma rusa que Chaikovski supo vestir con luz.

"Concierto para violín en Re Mayor, Op. 35"
David Oistrakh, violín
Orquesta Filarmónica de Moscú.
Gennady Rozhdestvensky, director.

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