En 1909, Serguéi Rajmáninov se encontraba en un momento crucial de su carrera. Tras el éxito del Concierto n.º 2 (1901), que lo había rescatado de una profunda depresión creativa, Rajmáninov se había consolidado como uno de los grandes compositores y pianistas de su tiempo. Sin embargo, la vida en Rusia comenzaba a volverse inestable, y las oportunidades en el extranjero eran cada vez más atractivas. Fue entonces cuando aceptó una gira por Estados Unidos, que incluía presentaciones en Nueva York y otras ciudades importantes.
Para esta gira, Rajmáninov decidió componer una obra que mostrara todo su virtuosismo y capacidad expresiva: el Concierto para piano n.º 3 en re menor, Op. 30. Lo escribió en su finca de Ivanovka, en un ambiente tranquilo, pero con la presión de tener que estrenar una obra nueva en un país donde aún no era tan conocido.
El estreno tuvo lugar el 28 de noviembre de 1909 en Nueva York, con Rajmáninov como solista y Walter Damrosch dirigiendo la Orquesta Sinfónica de Nueva York. La recepción fue buena, aunque no tan entusiasta como la que había tenido el Concierto n.º 2 en Rusia. Sin embargo, pocos días después, Rajmáninov interpretó la obra bajo la batuta de Gustav Mahler, director de la Filarmónica de Nueva York. Este encuentro se convirtió en una anécdota legendaria: Mahler, conocido por su perfeccionismo, dedicó más tiempo a ensayar la orquesta que cualquier otro director, lo que impresionó profundamente a Rajmáninov. Él mismo dijo que nunca había sentido que su música sonara tan bien como en ese concierto con Mahler.
El Concierto n.º 3 es famoso por su dificultad técnica extrema. Rajmáninov, que tenía manos enormes (podía abarcar una duodécima), escribió pasajes con acordes masivos y escalas vertiginosas.
En el primer movimiento, incluyó dos versiones de la cadencia: una original y otra “ossia”, mucho más difícil. Hoy en día, la ossia se ha convertido en un símbolo de virtuosismo.
A pesar de su complejidad, Rajmáninov lo consideraba más “pianístico” que su Concierto n.º 2, porque fluía mejor bajo sus manos.
"Concierto para Piano nº 3 en Re menor, Op. 30"
Earl Wild, piano.
Royal Philharmonic Orchestra.
Jascha Horenstein, director.
1. Primer movimiento – Allegro ma non tanto
Inicio (0:00 – 1:30):
Escucha la introducción del piano solo, una melodía sencilla y casi “cantada”, que Rajmáninov describía como “similar a una canción rusa”. Es un tema que crecerá en intensidad.
Desarrollo (3:00 – 10:00):
El piano y la orquesta dialogan. Observa cómo el tema inicial se transforma en pasajes cada vez más complejos.
Cadencia (≈ 11:00):
Momento clave: el pianista puede elegir la cadencia original (más lírica) o la ossia (virtuosismo extremo). Escucha la tensión y la expansión armónica.
Reexposición y cierre (≈ 15:00 – 18:00):
El tema inicial regresa, pero con mayor fuerza y dramatismo.
2. Segundo movimiento – Intermezzo: Adagio
Inicio (0:00 – 2:00):
La orquesta introduce un ambiente melancólico. El piano entra con delicadeza, casi como improvisando.
Sección central (≈ 3:00 – 7:00):
Escucha los contrastes: momentos íntimos frente a explosiones apasionadas.
Transición al tercer movimiento (≈ 8:00 – 10:00):
El final no se detiene: el piano enlaza directamente con el inicio del Finale.
3. Tercer movimiento – Finale: Alla breve
Inicio (0:00 – 2:00):
Energía desbordante, ritmo marcado. El piano despliega escalas y acordes masivos.
Sección lírica (≈ 4:00 – 7:00):
Breve respiro con melodías amplias, pero pronto regresa la tensión.
Clímax y coda (≈ 10:00 – 12:00):
Virtuosismo total: el piano y la orquesta se lanzan a una carrera frenética hacia el final triunfal.
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