10 dic. 2014

Una Sonata para un Tiempo Perdido

César Franck
“Cuando el pianista acabó de tocar, Swann estuvo con él más amable que con nadie, debido a lo siguiente: El año antes había oído en una reunión una obra para piano y violín. Primeramente sólo saboreó la calidad material de los sonidos segregados por los instrumentos. Le gustó ya mucho ver cómo de pronto, por bajo la línea del violín, delgada, resistente, densa y directriz, se elevaba, como en líquido tumulto, la masa de la parte del piano, multiforme, indivisa, plana y entrecortada, igual que la parda agitación de las olas, hechizada y bemolada por la luz de la luna. Pero en un momento dado, sin poder distinguir claramente un contorno, ni dar un nombre a lo que le agradaba, seducido de golpe, quiso coger una frase o una armonía. No sabía exactamente lo que era lo que, al pasar, le ensanchó el alma, lo mismo que algunos perfumes de rosa que rondan por la húmeda atmósfera de la noche tienen la virtud de dilatarnos la nariz. Quizá por no saber música le fue posible sentir una impresión tan confusa, una impresión de esas que acaso son las únicas puramente musicales, concentradas, absolutamente originales e irreductibles a otro orden cualquiera de impresiones.”
Sirva este fragmento de la obra inmortal que Marcel Proust escribiera a principios del siglo XX, "En busca del tiempo perdido”, para presentaros la pieza musical que el escritor refirió en su maravillosa novela, la Sonata para violín y piano en La mayor de César Franck. 
Dedicada al violinista Belga Eugene Ysáye y estrenada en el Círculo artístico de Bruselas en diciembre de 1886, nos encontramos ante la sonata romántica por excelencia de la música de cámara francesa del siglo XIX. Adopta la forma cíclica, donde el tema o idea principal recorre todos los movimientos de la obra, transformándose continuamente y evolucionando en nuevas figuras, pero siempre perfectamente reconocible. 
El primer movimiento, Allegretto moderato, posee la forma sonata con dos temas sin desarrollo. El piano instala el clima y la armonía en cuatro compases, antes de la exposición del primer tema por el violín. Un canto flexible y arrullador, se extiende y se repite de forma casi obsesiva. El segundo tema es presentado por el piano durante el silencio del violín, y ambos temas se reúnen antes de concluir apaciblemente.

Sonata para violín y piano en La mayor.
1.- Alegretto moderato. 2.- Allegro. 
3.- Recitativo-Fantasía. 4.- Alegretto poco mosso.
Janine Jansen, violín. Kathryn Stott, piano.

El segundo movimiento, Allegro, es el más apasionado de la sonata. El piano instala de nuevo el clima, palpitante, antes de presentar el primer tema, particularmente lírico. El violín lo repite, jadeante. El segundo tema, en el violín, se basa en la “pequeña frase” ahora inestable por el acompañamiento en tresillos del piano. Todos los elementos musicales irán dialogando en crescendo hasta la poderosa y rápida coda. 
En el Recitativo-Fantasía del tercer movimiento, una vez más, la célula cíclica regresa y alimenta el conjunto del movimiento. Tras sucesivas intervenciones, las partes de piano y violín se superponen hasta el punto central, más dramático, antes de la coda final que recuerda la frase inicial con matices pianissimo.
El Allegretto poco mosso, cuarto y último movimiento, adopta la forma tradicional del rondó a la francesa, con la alternancia de couplets y estribillo. César Franck "juega" con tonalidades siempre diferentes (sucesivamente la mayor, si bemol menor, re sostenido menor, fa menor). El tema del estribillo, muy dulce, es enunciado en canon entre el piano y el violín. El desarrollo central, tumultuoso y de carácter inquieto, deja paso a la reexposición tradicional y a la brillante coda conclusiva.
“Esta vez, Swann había distinguido claramente una frase que se elevaba durante unos instantes por encima de las ondas sonoras. Inmediatamente le provocó especiales voluptuosidades que nunca había sentido antes de escucharla, y sintió que ninguna otra se las podría evocar, experimentando por ella un desconocido amor…”.